Europa, hacia la tormenta perfecta

La UE debe volver a producir por sí misma, y debe hacerlo con inteligencia, eficiencia y sostenibilidad

Hay mucho ahorro privado ante la contracción pandémica, lo que supone a priori un exceso de demanda y consumo. Subrepticiamente se habla, tal vez demasiado, de un apagón global, amén de un gran atasco global en la producción y, sobre todo, distribución y logística a nivel mundial de la fábrica, o fábricas, del mundo. La logística, el transporte global, sobre todo marítimo y el coste de los contenedores se dispara a niveles especulativos. No hay camioneros. Al tiempo que escuchamos y percibimos testimonios, ahora sí, sobre la situación precaria en que viven y desarrollan su profesión. De pronto saltan a la palestra pública sus sueldos pírricos y las muchas horas y días de un trabajo duro. Tal vez, súbitamente, nos hemos percatado que Europa ya no fabrica nada, o poco, o renunció a ser ella misma con tal de que otros fabricasen a gran escala, a menores costes, con vulneración o no de derechos laborales, y con ningún escrúpulo medioambiental. Asia, países del este de Europa, del norte de África, call centers por América Latina y un largo etcétera. Ensamblamos, terminamos el proceso, a veces el envoltorio marketiniano, pero fabricar, fabricar, lo justo. Turismo y construcción. O tal vez demasiada cultura de la subvención. Si bien no es justo generalizar. De aquellos lodos, estos barros, y mañana, por hoy mismo, el inmenso lodazal de un debate que cobra e irá cobrando fuerza, el de la dependencia y el enorme poder que goza quién conocedor de supremacía y fortaleza productiva, decide políticas o estrategias comerciales a su gusto y antojo.

Crisis de componentes, suministro de materias primas, productos, pero también de ideas, de valores, de esfuerzo empresarial. Que otros produzcan, allá ellos con la vulneración de derechos y el calentamiento global mientras miramos hacia el esplendido lado de la indiferencia, ese que tanto nos gusta, como el silencio interesado. Eso sí cada x tiempo la gran cumbre y algún expresidente recordando que no hacemos lo suficiente. Minutos de gloria para los mismos políticos que leen discursos estructurados por sus speechwriters, pero falta alma y realismo. Muchas dosis de realismo. Entre tanto, el presidente francés con más de una cincuentena de nucleares en suelo galo anuncia que se construirán más nucleares para asegurar la independencia energética. Cuatro años atrás renegaba. Realismo político estilo Kennan.

A todo ello, cual si de una tormenta perfecta se tratare, los productos y costes industriales o de producción se disparan como también lo hacen las fuentes energéticas para las empresas, las industrias y las familias. Escasez paralelamente de materias, de componentes, de cualesquier tipo de productos. La inflación es altísima o cuando menos no vista en una década y media en estos ratios. La cesta de la compra se encarece, como lo hace también una cierta sensación de sobrecostes productivos trasladados no tanto al productor cuanto a las cadenas últimas y que el consumidor acaba pagando.

Mas, ¿hay mayor riesgo de apagón eléctrico pese a la escalada del precio de la luz o la odisea argelina y los metaneros para el gas que un riesgo cierto de falta de abastecimiento de chips, productos, materias primas o bienes terminados? Me inclino sin duda más por lo segundo. Ya lo estamos viendo. Al tiempo que nos damos cuenta de que ya no hay camioneros, o fontaneros, o electricistas. O tal vez que, dado que el hijo de mi vecina va a la universidad, el mío que es más listo y guapo también, debe ir igualmente a la universidad. Luego ya sabemos lo que pasa. Los oficios, los grandes profesionales y cualificados son hoy una necesidad acuciante, una demanda en auge y una salida profesional de primera donde se puede ganar mucho más que con la seda viscosa de corbatas parafinadas de cierta petulancia.

Es muy difícil que nuestro país sufra un apagón energético, al margen de las reservas que existen, que no son obviamente infinitas sino todo lo contrario, pero para que aquello ocurra el punto de partida debe ser que el sistema no tenga o pierda el suministro, amén de que las empresas y los poderes públicos correspondientes no hubieren hecho absolutamente nada para evitarlo. Una cosa es el precio y la oferta y la demanda en el coste de la luz que estamos viviendo y otra, el apagón. Pero el alarmismo es como el campo, sin puertas. Como la magnificación de las falsas informaciones o, interesadamente tergiversadas.

Europa debe producir por sí misma, debe volver a fabricar y hacerlo con inteligencia, eficiencia y, claro está, con sostenibilidad. Y el ciudadano ha de ser consciente de ello y del coste que supone y va a pagar. Como en defensa, no podemos vivir bajo los auspicios, presupuestos y paraguas, con coste eso sí, del siempre aliado atlántico. Ya somos mayorcitos para dar pasos por nosotros mismos. Sin depender de nadie. Sin que tengamos que negociar el gas, o la luz, o el suministro de bienes, etc., toda vez que un país juega a erosionar a la Unión Europea y amenaza con cerrar el grifo. No vale comerciar y que vivamos en un deshumanizado tráfico jurídico económico a cualquier precio o coste o mirando hacia otro lado cuando no se respetan los derechos individuales y sociales de las personas. Llega el realismo y una vez más, una nueva oportunidad para la Unión europea. Más allá de mirar hacia las fronteras, debe hacer un buen análisis de introspección interior e interna. Cohesionar, trazar un rumbo y crear.

Abel Veiga es Profesor y decano de la Facultad de Derecho de Comillas Icade