España debe apoyar el regreso gradual europeo a la disciplina fiscal

La Comisión Europea abrió ayer el complejo y explosivo melón de la reforma de las reglas fiscales europeas, congeladas temporalmente en febrero del año pasado debido a la irrupción de la pandemia del Covid-19. Con el plácido ritmo que caracteriza las iniciativas comunitarias, Bruselas anunció una comunicación no legislativa con el fin de crear un debate público sobre la revisión del marco de gobernanza económica, con vistas a adaptarlo a los tiempos pos-Covid. El objetivo de la CE es debatir con todos los agentes para alcanzar un consenso una vez recuperado el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que se ha mantenido congelado desde la irrupción de la pandemia y que seguirá así durante 2022. En esta primera etapa, al menos hasta fin de año, la CE no pretende realizar propuestas ni ofrecer soluciones, sino plantear preguntas y recabar opiniones.

Más allá de la discutible parsimonia del procedimiento, el fin del debate no pasa tanto por decidir afrontar o no la reforma, la cual se da casi por obligada, como por saber cuál será el modelo elegido y a qué ritmo se avanzará hacia la disciplina fiscal europea. La cuestión es de especial importancia ahora, cuando las economías comienzan a salir de una recesión histórica que ha obligado a los estados nacionales a elevar exponencialmente el gasto y el endeudamiento público. Los gobiernos europeos saldrán de esta crisis con los mismos problemas que arrastraban cuando entraron, pero cargarán también con otros nuevos, es el caso de la crisis de suministros, y con algunos sustancialmente agravados, como los elevados ratios de déficit y deuda pública. Todo ello vuelve a escenificar el riesgo de la Europa de las dos velocidades, la de las palomas y la de los halcones. Entre las primeras figuran Grecia, Italia o España; entre los segundos, Alemania, Países Bajos, Dinamarca o Austria.

Europa afronta así el gran reto de la progresiva y necesaria vuelta a la senda de la consolidación fiscal, cuyo ritmo debe ser igual para todos, aunque se determine teniendo en cuenta las dificultades de las economías más apalancadas, y de la necesidad de un respeto a los incentivos a un crecimiento no plenamente restablecido; algo parecido a buscar la cuadratura del círculo. A ello debería unirse la progresiva retirada de la política monetaria expansiva del BCE, que sigue ejerciendo de muleta con los gobiernos y de anestésico con los mercados, y que puede acentuar las incipientes tensiones inflacionarias. España debe jugar bien sus cartas en la negociación que se desarrollará en 2022 para rediseñar esas reglas fiscales, lo que significa desechar naipes acomodaticios o populistas y esgrimir aquellos que contribuyan a sanear gradualmente las finanzas públicas en Europa y a proteger la UE frente a las próximas crisis.