La acumulación de capital convierte a la banca en un muro contra las crisis

De mantenerse la política monetaria, la industria tendrá que seguir recortando costes y ganando masa crítica de negocio

La banca europea, y el resto también, ha sido sometida en los dos últimos lustros a un ejercicio de reforzamiento de su capital de tal magnitud que dispone de una resiliencia a prueba de las más duras recesiones. La explosión de la crisis financiera de 2008 tras los excesos del sector en el prolongadísimo ciclo alcista precedente digirió todas las censuras a los gestores y propietarios de los bancos, y cargó las tintas de la supervisión y las exigencias de provisiones por el crédito hasta el extremo de que hacer banca se convirtió en una actividad poco rentable y atractiva. Si a ello añadimos los tipos en el cero por ciento por una temporada muy prolongada para combatir los temores a la deflación, obtener rentabilidad de captar depósitos o dinero en el interbancario y prestarlo a la clientela es un ejercicio de altísima precisión matemática.

Uno de los ejercicios de vigilancia practicado en Europa por los supervisores consiste en hacer un profundo examen cada dos años a las grandes entidades (en 2020 se aplazó por la pandemia de Covid), para conocer su grado de resistencia a las crisis prolongadas. La Autoridad Bancaria Europea, que preside el español José Manuel Campa, presentó ayer el encefalograma de someter las cuentas de resultados a una prueba de resistencia de hasta cuatro años de recesión (nunca hubo una tan intensa y prolongada en los últimos 40 años), y resultó que las entidades encajarían con sobriedad el accidente. Incurrirían en pérdidas, y perderían niveles relativos de capital, pero conservarían una muy buena cuota de los colchones de seguridad acumulados en estos años exigentes. Por tanto, el riesgo de una nueva crisis financiera que arrastre a la economía es muy limitado, a juzgar por los resultados de los test, y demuestra la efectividad de la acumulación de capital de los años pasados.

El resultado de esta prueba de estrés compartida por la EBA y el Banco Central Europeo ha servido también para desbloquear, con carácter general, la prohibición de conceder dividendo que pesaba sobre la banca hasta que se despejasen las dudas de la pandemia. Hace un par de semanas el BCE abrió la mano en la materia, y casi todos los bancos se han apresurado a anunciar pagos en el último trimestre del año, aprovechando que sus cuentas de resultados han vuelto a la normalidad, pese a que la actividad crediticia camina al ralentí. La banca recupera así uno de los atractivos que tenía para los inversores, aunque el crecimiento del negocio siga muy pendiente de la evolución de los márgenes de intermediación, que están parasitados por una política monetaria hiperexpansiva, y que no parece tener fin. De mantenerse, la industria tendrá que seguir recortando costes y ganando masa crítica de negocio, dado que el margen unitario no ayuda.