Editorial

Sánchez fía ahora a Calviño y a la economía el éxito de la legislatura

El presidente confía a los ministros más liberales de su equipo la recuperación del crédito del Gobierno.

El revolcón que Pedro Sánchez ha dado el pasado sábado a su equipo ejecutivo sobrepasa con creces los ajustes que todos los analistas políticos manejaban, y encaja más que las operaciones de ajuste en el pasado en el calificativo de crisis de Gobierno. En buena medida Sánchez, más experimentado y dotado para la política que para la economía, ha practicado una auténtica enmienda a sí mismo, amortizando a los más significativos emblemas de sus arriesgados y experimentales planteamientos políticos, desde Carmen Calvo hasta José Luis Ábalos, pasando por Redondo, el modelador todopoderoso de la trascendencia pública de sus decisiones. Tras la gestión errática de la pandemia de Covid, el varapalo en el gran test electoral de Madrid y su arriesgado indulto a los líderes del procés catalán, sus perspectivas electorales tienen auténtica mala pinta. Por ello, el presidente ha optado con dos años por delante por virar radicalmente el rumbo para concentrar en los éxitos anhelados de la gestión económica la recomposición de su proyecto.  

Cierto es que en esta materia han ido por un lado sus anuncios de igualitarismo redistributivo y, por otro, las decisiones reales, pegadas a la ortodoxia más tradicional. Ha gobernado más de dos años con un Presupuesto diseñado por el PP de Rajoy y repudiado por el grupo socialista y sus socios de Gobierno, pero prorrogado dos veces por conveniencia política. La vuelta a los abismos del desempleo por la intensa recesión de la pandemia aconsejó respetar las políticas que se encontró cuando llegó en 2018, complementada por la expansión obligada del gasto para proteger empleos y empresas, aparcando para ocasión más favorable, si la hubiere, el desmontaje de la norma laboral que desde 2012 recompuso el empleo destruido con la Gran Recesión.

Y ahora, obligado por las circunstancias, confía precisamente a los ministros más liberales de su equipo la recuperación del crédito del Gobierno. Refuerza a Nadia Calviño, nueva vicepresidenta primera, la tutela de toda la política económica para aprovechar al ciento por cien las posibilidades de crecimiento que puedan proporcionar los generosos fondos europeos, y que en paralelo se ejecuten las reformas que exijan los financiadores, pero que sin duda precisa la economía para elevar el crecimiento potencial. Escrivá culminará la reforma de las pensiones comprometida, de la misma forma de Ribera hará otro tanto con la transición energética y Montero (María Jesús) conducirá la reforma fiscal, mientras Calviño vigilará que la norma laboral conserve la mayoría de los atributos actuales. La parte podemita del Ejecutivo, Díaz incluida, deberá conformarse con divulgar entre su parroquia las leyes sociales de los últimos meses para minimizar la pérdida electoral.

El revolcón que Pedro Sánchez ha dado el pasado sábado a su equipo ejecutivo sobrepasa con creces los ajustes que todos los analistas políticos manejaban, y encaja más que las operaciones de ajuste en el pasado en el calificativo de crisis de Gobierno. En buena medida Sánchez, más experimentado y dotado para la política que para la economía, ha practicado una auténtica enmienda a sí mismo, amortizando a los más significativos emblemas de sus arriesgados y experimentales planteamientos políticos, desde Carmen Calvo hasta José Luis Ábalos, pasando por Redondo, el modelador todopoderoso de la trascendencia pública de sus decisiones. Tras la gestión errática de la pandemia de Covid, el varapalo en el gran test electoral de Madrid y su arriesgado indulto a los líderes del procés catalán, sus perspectivas electorales tienen auténtica mala pinta. Por ello, el presidente ha optado con dos años por delante por virar radicalmente el rumbo para concentrar en los éxitos anhelados de la gestión económica la recomposición de su proyecto.  Cierto es que en esta materia han ido por un lado sus anuncios de igualitarismo redistributivo y, por otro, las decisiones reales, pegadas a la ortodoxia más tradicional. Ha gobernado más de dos años con un Presupuesto diseñado por el PP de Rajoy y repudiado por el grupo socialista y sus socios de Gobierno, pero prorrogado dos veces por conveniencia política. La vuelta a los abismos del desempleo por la intensa recesión de la pandemia aconsejó respetar las políticas que se encontró cuando llegó en 2018, complementada por la expansión obligada del gasto para proteger empleos y empresas, aparcando para ocasión más favorable, si la hubiere, el desmontaje de la norma laboral que desde 2012 recompuso el empleo destruido con la Gran Recesión.Y ahora, obligado por las circunstancias, confía precisamente a los ministros más liberales de su equipo la recuperación del crédito del Gobierno. Refuerza a Nadia Calviño, nueva vicepresidenta primera, la tutela de toda la política económica para aprovechar al ciento por cien las posibilidades de crecimiento que puedan proporcionar los generosos fondos europeos, y que en paralelo se ejecuten las reformas que exijan los financiadores, pero que sin duda precisa la economía para elevar el crecimiento potencial. Escrivá culminará la reforma de las pensiones comprometida, de la misma forma de Ribera hará otro tanto con la transición energética y Montero (María Jesús) conducirá la reforma fiscal, mientras Calviño vigilará que la norma laboral conserve la mayoría de los atributos actuales. La parte podemita del Ejecutivo, Díaz incluida, deberá conformarse con divulgar entre su parroquia las leyes sociales de los últimos meses para minimizar la pérdida electoral.

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