The name of the game: Private Equity

En las últimas dos décadas el dinero invertido en este ámbito se ha incrementado un 600%, un crecimiento sin precedentes

Han pasado ya más de diez años desde que el mundo de la inversión se adentrara en el territorio de bajos rendimientos al que condujeron los bancos centrales con la política de tipos de interés en mínimos históricos. El nuevo paradigma planteado por estas instituciones dejó un mensaje claro: los inversores que quisieran generar retornos como los obtenidos hasta la crisis financiera tendrían que asumir mayores riesgos y adentrarse en clases de activo hasta entonces menos frecuentados. Ese paradigma se asentó y no parece que ni el reciente repunte de la inflación sea capaz de alterarlo.

La idea expuesta anteriormente está muy relacionada con la teoría planteada por Harry Markowitz, galardonado con el Premio Nobel de Economía en 1990 y autor del concepto formal de diversificación de una cartera. En sus postulados, Markowitz nos guiaba en la necesidad de diversificar una cartera tradicional formada por acciones y renta fija con activos alternativos, no correlacionados con los activos públicos. De esta forma, si trasladamos estos principios a la construcción de carteras en banca privada veremos que conlleva un doble efecto positivo: mayor rentabilidad y menor volatilidad, que es el indicador que mide el riesgo.

Es aquí donde destaca el papel del private equity –o capital privado–, un concepto que engloba inversiones no hechas en mercados públicos y que abarca un sinfín de activos, desde los fondos que invierten en cada fase del ciclo vital de una compañía a activos inmobiliarios, infraestructuras o cualquier deuda reconocida entre dos sujetos. Las grandes gestoras globales dentro de este campo cuentan con cuatro décadas de historia, pero ha sido realmente a raíz de la crisis financiera cuando han empezado a despegar, ante la necesidad anteriormente señalada de encontrar retornos más allá de las clases de activo tradicionales. En el caso de España, el desembarco de estas soluciones en las carteras de banca privada se produce en los años 90, pero no es hasta 2012 cuando empiezan a popularizarse de una manera más generalizada.

Queda empíricamente demostrado que la rentabilidad anual en un fondo de private equity buyout ofrece unos 670 puntos básicos anuales añadidos frente a los activos más rentables, que es la renta variable en el S&P 500. La comparación de la evolución del private equity buyout frente al S&P 500 desde 2004 a 2020 refleja que un inversor que hubiese invertido en 2004 un millón de dólares en private equity buyout, tendría en 2020 un patrimonio de 6,6 millones de dólares; lo que representa un crecimiento anual del 13%. Sin embargo, la misma inversión en el S&P 500 habría resultado en 2,6 millones de dólares, lo que supone un crecimiento anual del 6,2%.

Veámoslo desde otro punto de vista: en 1991, para tener una rentabilidad anual en una cartera del 7% se podía tener el 98% en liquidez y un 2% en renta fija norteamericana. En 2006, para alcanzar esa rentabilidad se necesitaba diversificar un 63% en renta fija estadounidense, un 20% en acciones de grandes compañías, un 4% en compañías de pequeña capitalización y un 13% en renta variable fuera de EEUU.

Sin embargo, en 2021 no hay forma de conseguir esa rentabilidad sin incorporar inversiones alternativas que estén fuera de los mercados públicos de renta variable y/o renta fija. Así que es en este punto en el que ponemos el acento en el private equity en su sentido más amplio: buyout e inmobiliario, entre otros.

Esta necesidad de diversificar conllevó la creación de miles de gestoras de private equity y, con ello, el fuerte crecimiento del fundraising (inversión en estos fondos). Desde el año 2000, se ha incrementado casi un 600% el dinero invertido en este ámbito, un crecimiento sin precedentes.

Los gestores de banca privada y family office han aplicado el modelo de Markowitz para diversificar con criterio y buscar el objetivo de reducir riesgo e incrementar rentabilidad para un cliente del mismo perfil. En el informe de Campden de 2020, se muestra una cartera equilibrada media de los family office por activos, en la que el 59% lo forman los activos tradicionales de renta fija, renta variable y liquidez y el 41% se compone de otros activos, entre los que se encuentran los fondos de private equity, activos inmobiliarios, hedge funds, materias primas y private equity directo.

De esta forma, el modelo de Markowitz demuestra que tener una parte en inversiones alternativas, como son los fondos de private equity, sube la rentabilidad de cualquier cartera y reduce la volatilidad.

Las gestoras de private equity buyout ayudan a los directivos a transformar su compañía desde un punto de vista operacional, marcan estrategias a cuatro o cinco años vista y optimizan el flujo de caja y los recursos con el objetivo de incrementar el valor de la misma. Y lo hacen compartiendo los objetivos: ambos buscan revalorizar la compañía.

Sin embargo, nadie dice que esto sea fácil y cabe la posibilidad de que haya pérdidas en este tipo de fondos, por lo que la gestora elegida es una pieza clave. Es fundamental ir de la mano de los best in class, esas gestoras con décadas de experiencia que han sabido sortear múltiples ciclos, sucesiones internas, con equipos y oficinas a nivel mundial, con prestigio para buscar financiación para sus proyectos y que confían en su buen hacer invirtiendo en sus propios fondos; hablamos de Antin, APAX, Blackstone, Brookfield, Carlyle, CDH, CVC, EQT, General Atlantic, KKR, PAI, entre otras.

Este tipo de inversión se ha puesto de moda y ha sido capaz de ganarse su prestigio y buena reputación. The name of the game is Private Equity.

Diego Escribano es Head of Private Equity Solutions de BNP Paribas Wealth Management en España