Editorial

Cataluña necesita una solución política que normalice ya la economía

Persiste una intensa división en la sociedad catalana y hace muy complicada una fórmula de compromiso

La jornada electoral, convocada para determinar quién preside la Generalitat por la incapacidad de los partidos soberanistas que conforman la mayoría parlamentaria de encontrar un sustituto al destituido e inhabilitado Quim Torra, no arroja mucha más luz de la que había. Los resultados, condicionados por un elevado nivel de abstención por la presión de la pandemia sanitaria y el hastío que aparece tras una cadena endemoniada de procesos electorales, dejan las cosas como estaban: mayoría de diputados independentistas (más de 70) y pocas posibilidades de encontrar una alternativa real de Gobierno al soberanismo, salvo un giro firme de Esquerra Republicana de Catalunya hacia el PSC de Illa y En Comú Podem. El primer gran mensaje que mandan los números, amén del fuerte ascenso de los socialistas en sustitución de Ciudadanos como partido más votado, y la posibilidad real de un Govern que replique al de España, es que persiste una intensa división en la sociedad catalana y que hace muy complicada una fórmula de compromiso. Porque Cataluña está necesitada de grandes compromisos, tanto para salvar la agudísima crisis política que la envuelve desde hace una década larga como para socorrer a una economía que pierde peso a marchas forzadas y que ha generado un empobrecimiento apreciable de la sociedad.

Ambos compromisos están encadenados, porque ambos problemas también lo están. Políticamente tiene que aflorar en la plaza pública la vuelta al diálogo y al pacto para solventar el choque de trenes en el que está instalada; un retorno necesario a lo posible del que muchos catalanes hablan en foros privados pero esconden en los públicos, ante la imposible utopía defendida hasta con herramientas ilegales en los últimos años. Una búsqueda de una vía común que supere el conflicto, ahondando en un autonomismo revisado que proporcione cotas de satisfacción política adicionales, pero sin perder la aportación solidaria a la redistribución que fundamenta la convivencia en todo el territorio nacional.

De tal solución política saldrá airosa la superación de la crisis económica, que en Cataluña ha infligido el doble daño del desarme empresarial generado por el propio procés, que expulsó a miles de empresas a buscar fuera de su próspero territorio seguridad jurídica, y el golpe intenso de la crisis del coronavirus, que se ha cebado especialmente con las sociedades y ciudades más cosmopolitas como Barcelona. Si Cataluña ha supuesto un freno también para la recuperación del país, por el riesgo que su situación política suponía para los grandes inversores, la situación actual precisa de la eliminación de todos los obstáculos para aprovechar tanto la salida de la crisis sanitaria como la ingente cantidad de fondos europeos para recomponer la economía.