Fusiones bancarias a pleno rendimiento

En este tipo de operaciones hay que asumir una realidad: una entidad prevalecerá y la otra, tecnológicamente hablando, morirá en el proceso

Una fusión bancaria es un operación delicada y compleja que supone un desafío en numerosos frentes; el financiero, regulatorio, de cultura organizativa o de gestión del talento, pero no nos olvidemos de la tecnología, y más aún hoy en día. De hecho, la fusión de dos entidades bancarias implica también la de dos arquitecturas tecnológicas, diferentes sistemas de información y aplicaciones, y consecuentemente, la de los contratos con proveedores, con organizaciones terceras y personas.

Centrándonos en la tecnología, cuando hablamos de fusiones de entidades con una larga trayectoria no estamos ante un paseo amable, sino más bien ante una marcha larga, azarosa y no libre de escollos. Ante una fusión hay que hacer de la necesidad virtud, lo que quiere decir sacar ventaja de las desventajas y beneficio de las desgracias. Hay que asumir un hecho incontestable: una entidad prevalecerá y otra morirá –tecnológicamente hablando–. Una habrá de ceder sus datos y la otra integrarlos en su sistema. En definitiva, todo acabará en un big bang que se producirá en un momento determinado tras el que se contraerá la respiración y, si todo se ha hecho bien, nacerá un nuevo universo, en este caso tecnológico.

Todo este proceso va a someter a la tecnología a una prueba de estrés sin precedentes y, en medio de él, emerge un concepto clave: el rendimiento. Dicho en otras palabras, qué capacidad tiene de responder realmente la tecnología no solo a los objetivos del negocio, sino también a lo que esperan y desean los clientes de ella, con qué consumo de recursos y a qué coste. El rendimiento es, por tanto, uno de los puntos críticos del proceso global de integración.

Y lo cierto es que, a pesar de la relevancia de este parámetro, el rendimiento de la tecnología de la banca española en el siglo XXI todavía deja que desear. De hecho, nuestro sistema financiero asume unos sobrecostes del 15% de sus inversiones en tecnología, lo que se traduce en cientos de millones de euros. Desde esa perspectiva una fusión bancaria, o las que hayan de venir en un futuro próximo, pueden ser una excelente oportunidad para, además del rendimiento financiero, buscar también el tecnológico.

Pero volviendo a nuestra fusión, este concepto, el rendimiento, debe de ser el rey a lo largo de todo el camino que exige una operación de este calibre y básicamente por tres razones. La primera de ellas es que va a ser vital para el desarrollo de todo el nuevo software que habrá que crear como consecuencia del proceso de integración, incluyendo pasos tan críticos como los procesos de carga y conversión de datos.

Por otro lado, el proceso de integración también exigirá una modificación sustancial del software existente para acomodarlo a la nueva realidad resultante de la integración. Y, por último, las infraestructuras tecnológicas de la organización resultante de la fusión deberán soportar un nuevo, y habitualmente mayor, volumen de datos. En este sentido, y sin perjuicio de la potencial ampliación de las infraestructuras, también hay que tener en cuenta que mientras se produce la integración, cualquier problema de rendimiento redundará en el retraso o, en el peor de los casos, en la imposibilidad física de realizar dicha integración.

El éxito del desafío tecnológico que supone una fusión bancaria debe estar libre de sorpresas y ello exige conocer anticipadamente los potenciales problemas y estar preparados para que simplemente no lleguen a suceder. En el caso de la entidad que cede los datos, deberá desarrollar procesos masivos de generación de la información a traspasar y ha de hacerlo al mismo tiempo que el negocio sigue funcionando.

Este reto no es trivial, especialmente si se aborda en un entorno en el que las infraestructuras tecnológicas ya están muy saturadas, tanto con procesos online como con procesos denominados batch, término con el que se define a todas aquellas operaciones de procesamiento que afronta a diario la banca, normalmente de noche, para consolidar el registro de sus operaciones. Por ello, asegurar la disponibilidad y el rendimiento óptimos será clave para asegurar el éxito por este lado y ello implica optimizar los procesos ya existentes y desarrollar procesos de extracción de datos con unos niveles rendimiento a la altura del reto.

El desafío es aún mayor en el caso de la entidad receptora. Además de tener que soportar la carga de los nuevos volúmenes de información procedentes de la otra entidad, el negocio debe continuar rodando. Por lo tanto, tendrá que optimizar su arquitectura software teniendo muy en cuenta el incremento de los niveles de servicio que exigirá la nueva operación ya integrada.

A este respecto, es necesario prestar una especial atención a los canales digitales y también a las simulaciones de carga porque, en el caso de que el rendimiento del software no sea óptimo, los riesgos son sencillamente enormes. Es imperativo, por tanto, que el software funcione de forma óptima para asegurar, al menos, un proceso gestionable.

A la vista de todo lo anterior, es evidente que una fusión bancaria funciona con una aritmética diferente y genera una de esas situaciones en las que aplica el principio de que uno más uno no es dos, sino mucho más que dos.

Por todo ello, la estrategia global de integración tecnológica en una fusión bancaria debe contar con el amparo de un componente esencial: la estrategia de rendimiento, imprescindible para no poner en peligro el objetivo de integración global y, mirando hacia un horizonte a más largo plazo, para afrontar el nuevo camino conjunto lo mejor capacitados posibles, sobre todo si lo que se pretende es ofrecer a los clientes, sencillamente, excelencia.

Ángel Pineda es CEO de Orizon