El bitcóin, ¿se parece más al euro o a un tulipán?

Es difícil saber si la criptomonedas están sobrevaloradas como los bulbos del XVIII o son injustamente atacadas como las locomotoras del XIX

El bitcóin, ¿se parece más
al euro o a un tulipán?

Dn agosto el bitcóin ha llegado a superar la cotización de 10.000 euros, en marzo estuvo por debajo de 5.000, ¿cómo se justifican esos valores? Precisamente en el Boletín de Estudios Económicos correspondiente a este pasado mes de agosto se publica un interesante artículo que firma mi buen amigo y prestigioso catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, Prosper Lamothe, junto con su hijo homónimo, también economista, sobre la valoración del bitcóin. Sin entrar ahora en el trabajo de los Lamothe, el tema es de candente actualidad, así nos podemos preguntar: ¿es el bitcóin, y otras criptomonedas, realmente una moneda, como lo son el dólar o el euro? Sin duda tienen algunas similitudes, pues se pueden utilizar para comprar en algunos mercados, pero tienen importantes diferencias, yo señalaría tres: detrás del bitcóin no hay un Gobierno soberano que obligue a aceptar el bitcóin como medio de pago; su valor tiene una enorme variabilidad, con lo que tampoco sirve para atesorar una riqueza estable y, precisamente por esa variabilidad, tampoco es muy útil medir el valor de otros activos en bitcóins.

Si el bitcóin se asemeja a una moneda, pero no tiene todas las características de una moneda, ¿cómo lo podríamos clasificar? Tal vez lo podríamos catalogar como mercancía virtual que, previo acuerdo de las partes, puede usarse como medio de pago; y también como una inversión altamente especulativa a la espera de su revalorización.

El gran economista inglés John Maynard Keynes, en su Teoría General publicada en 1936, defiende que, para muchos, los activos en Bolsa valen por lo que la gente quiera pagar por ellos. Y eso ocurrió en la famosa tulipanmanía en la Holanda de la primera mitad del siglo XVII: los tulipanes alcanzaron precios desorbitados, pero luego cayeron en picado. ¿Puede ocurrir que el actual precio del bitcóin esté tan justificado como el de los bulbos de tulipán de hace cuatrocientos años? Burbujas especulativas ha habido muchas, a posteriori suelen ser fáciles de explicar, lo complicado es detectarlas desde dentro, y las cosas nuevas pueden ser propensas a crear burbujas, ¿nos acordamos de la burbuja de las puntocom de hace veinte años? Pero también ha ocurrido lo contrario; los seres humanos somos escépticos, con frecuencia, ante las grandes novedades: recordemos cómo entre los médicos del siglo XIX muchos consideraban peligroso para la salud viajar en ferrocarril a más de 30 kilómetros por hora. El rechazo al bitcóin que mantienen bastantes expertos en finanzas ¿puede estar tan fundado como el de aquellos médicos de hace menos de doscientos años?

Que en un futuro, y no lejano, se generalizará el uso de algo parecido a las actuales criptomonedas es bastante probable; pero es difícil saber si las actuales, con el bitcoin a la cabeza, están sobrevaloradas como los bulbos de tulipán del siglo XVII o son atacadas injustamente como las locomotoras del XIX: ¿son bulbos o locomotoras?

El ascendente precio del bitcóin puede tratar de fundarse en su creciente coste de producción: producir nuevos bitcóins es cada vez más caro. Pero este argumento no acaba de parecerme sólido. Me recuerda cuando un bodeguero riojano, alumno mío en un postgrado, iba a comprar una bodega y el vendedor, para subir el precio, le argumentaba que la zona noble tenía grifería de oro. Es indudable que este hecho había aumentado el coste de construcción de la bodega, pero difícilmente aumentaría su precio de venta, más allá de lo que se podría ganar sustituyéndola por una grifería normal.

Además, el enorme coste energético de producir bitcóins, hace pensar que tal negocio es difícilmente sostenible: ¿no deberíamos buscar otro modelo más compatible con el medio ambiente?

Volviendo a la cotización del bitcóin, el artículo antes citado de los Lamothe trata de fundamentarla con la teoría cuantitativa del dinero o la economía de redes. Ambos caminos nos ayudan a entender mejor su valor, pero no llegan a justificarlo. Sí es cierto que su escaso número (no pueden pasar de veintiún millones), puede invitar a atesorarlos esperando su revalorización, y que esto subiría su precio, o que si aumenta su uso, aumentará su valor. También su opacidad puede hacerlos más apreciados. Pero yo sigo sin saber si su valor es razonable.

Como decía antes, es probable que alguna de las actuales criptomonedas, o varias, vea su uso generalizado. O tal vez sea una nueva que todavía no ha aparecido: ¿qué pasará entonces con los actuales tenedores de bitcóins? Si pierden su dinero, por favor, que no nos pidan que los rescatemos, como tampoco han compartido hasta la fecha sus enormes ganancias.

Fernando Gómez-Bezares es Catedrático de Finanzas de Deusto Business School