Y la revolución llegó al Impuesto sobre Sociedades

Los datos deben ocupar ya el centro de la gestión del tributo y las empresas tienen que empezar a prepararse para el tratamiento de esa información

El tres de mayo de 2004, se iniciaba una campaña del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas que se calificó como revolucionaria. Sin embargo, los cambios no se centraban en la normativa aplicable sino en el propio proceso de preparación de la declaración. Por primera vez, si exceptuamos a quienes participaron en una prueba piloto que se realizó el año anterior, aquellos contribuyentes que lo solicitaron, recibieron una declaración ya confeccionada. Estábamos ante el nacimiento del famoso borrador. Borrador que posteriormente ha ido evolucionando hasta ofrecer la posibilidad de presentar la declaración a través del móvil.

La prensa de la época no se quedaba corta con el calificativo porque el borrador revolucionó la manera de afrontar la gestión del IRPF. Desde aquel año, la preparación de la declaración de la renta, elemento clave del tributo hasta entonces, empezó a perder relevancia. Lo importante ya no era el volcado de la información en el modelo sino la gestión adecuada de los datos que, en nuestro día a día, transmitíamos a la Administración.

Dieciséis años más tarde, y después de pasar por el IVA y el famoso SII (Suministro Inmediato de Información), la revolución empieza a llegar al Impuesto sobre Sociedades. Desde el pasado uno de julio, las entidades tienen la posibilidad de consultar los datos fiscales de los que dispone la Agencia Tributaria y que se consideran relevantes para la preparación del impuesto.

Una ojeada rápida al documento que facilita la Administración basta para tomar consciencia de la cantidad de información que contiene. La Agencia Tributaria da acceso tanto a los datos declarados por la empresa (pagos fraccionados, pagos a trabajadores y profesionales, volumen de negocio a efectos del IVA, créditos fiscales pendientes…) como a información que sobre la entidad han dado terceros (rendimientos de cuentas corrientes, ventas de activos financieros, donativos…).

No obstante, aunque esta cantidad de datos nos parezca abrumadora, es sólo la punta del iceberg de la información disponible. A día de hoy, Hacienda conoce, entre otras cuestiones, hasta el último detalle de todas las facturas emitidas y recibidas, los acuerdos con las administraciones tributarias extranjeras, los recursos con los que las compañías multinacionales cuentan en todas las jurisdicciones en las que operan y su contribución fiscal en cada una de ellas … Adicionalmente, a finales de este año, dispondrá de información sobre aquellas operaciones calificadas como fiscalmente agresivas realizadas desde junio del año 2018.

La posibilidad de que la Administración Tributaria facilite un borrador del Impuesto sobre Sociedades puede que no sea inmediata, pero, del mismo modo que sucedió con el IRPF, el punto de atención debe dejar de centrarse exclusivamente en la cumplimentación del modelo. Tiene que irse desplazando paulatinamente al control de los datos generados por las entidades en el ejercicio de su actividad económica.

La Administración ha invertido considerables esfuerzos y una gran cantidad de recursos económicos para procesar toda la información de la que dispone. La clasificación de los contribuyentes basada en perfiles de riesgo creados con ayuda de inteligencia artificial para hacer más eficaces las inspecciones ya es una realidad.

Especialmente revelador es el contenido del Plan Estratégico de la Agencia Tributaria para el periodo 2020-2023, en el mismo se deja constancia de la importancia que tienen para la Administración los sistemas de análisis de información. La Agencia se pone como objetivo aprovechar todo el potencial de estas nuevas tecnologías para automatizar completamente la tramitación de procedimientos, proceso en el que lleva embarcada desde hace varios años. Las tecnologías claves identificadas son el tratamiento del lenguaje natural, el tratamiento avanzado de datos y la inteligencia artificial. Esta enumeración es muy reveladora del nivel de sofisticación alcanzado.

Esta realidad está empujando a las empresas a replantearse el modo de gestionar el Impuesto sobre Sociedades. El objetivo es evitar situaciones, como las que se están dando, en las que el director fiscal afronta una inspección con mucha menos información sobre su empresa de la que dispone la Administración. Esta circunstancia suele ocurrir muy especialmente en los grupos multinacionales para los que resulta muy complicado recabar tantos datos sobre su propia organización como los que dispone la Administración.

Las compañías, potencialmente tienen, aunque no siempre lo consigan, capacidad para conocer y para procesar la información generada por sí mismas. No obstante, tienen acceso sólo a una ínfima parte de la información del resto de los contribuyentes. Es en este punto en el que la ventaja de las administraciones tributarias es inmensa. Disponer de una foto global permite la detección de tendencias y discrepancias, imposibles de apreciar cuando se analizan exclusivamente los datos de un contribuyente.

Precisamente, en este aspecto es en el que más pueden ayudar los asesores fiscales, especialmente aquellos con una implantación global. Al contrario que las empresas, estos agentes trabajan con un volumen de datos suficientes para, al igual que hace la Administración, aplicar su experiencia en identificar los perfiles de riesgo y en proponer las acciones paliativas que correspondan.

El hecho de que Hacienda ponga a nuestra disposición la información necesaria para cumplimentar una buena parte del modelo es una señal más, aunque muy significativa, de cómo estamos pivotando de manera inexorable de la declaración al dato. Los datos deben ocupar ya el centro de la gestión del Impuesto sobre Sociedades y las empresas tienen que empezar a prepararse para su tratamiento. No es que los tiempos estén cambiando, es que han cambiado ya.

Joaquín Latorre/ Ignacio Quintana son Socio director y socio de fiscal de PwC Tax and Legal Services