La educación en España o la estrategia del gatopardo

Los resultados del último informe PISA son acordes con un país que hace como que cambia todo continuamente para que al final todo siga igual

La educación en España
o la estrategia del gatopardo

La reciente publicación de los resultados de informe PISA, señal ya casi tradicional de la cercanía de la Navidad, ha estado envuelta para los españoles de mayor suspense que en otras ocasiones, pero desgraciadamente apenas ha supuesto sorpresa alguna en términos globales, al menos en el sentido que Alfred Hitchcock, el maestro del suspense, atribuía a esos términos. Gracias a la advertencia por parte de los responsables de la OCDE acerca de la existencia de ciertos problemas técnicos que habían afectado a la realización de la prueba en el caso español, todos sabíamos que había una bomba debajo de la mesa que estallaría el 3 de diciembre. Si hubiera estallado de repente, sin previo aviso, habría sido una simple sorpresa, algo más anodino y mucho menos interesante.

Las peculiaridades de la ocasión han ocupado con justicia el espacio en los medios, pero quizás ese árbol tan llamativo ha hecho que perdamos de vista el bosque. La tentación de centrarnos en las ambigüedades de los enunciados de preguntas, la falta de tiempo, el que caigan en el examen cuestiones triviales o no se pregunte lo fundamental ha de resultar algo familiar para todos los que hemos estudiado, afortunadamente casi todos los españoles. Sin embargo, en lo esencial no ha habido ninguna gran sorpresa y la situación podría resumirse para España en más de lo mismo.

Es importante advertir que los resultados globales de España en PISA 2018 son coherentes con los de ediciones previas de ese informe y con estudios internacionales similares practicados para el conjunto de la población en edad laboral, como PIAAC, o para niveles educativos previos, como PIRLS en comprensión lectora o TIMMS en matemáticas y ciencias. Del mismo modo, los resultados de las comunidades también son básicamente coherentes con las ediciones previas de PISA o con las pruebas de evaluación realizadas en el ámbito nacional para diferentes cursos de la enseñanza obligatoria. Además, la situación que muestra PISA al final de los estudios obligatorios condiciona la participación y el desempeño en los niveles educativos posteriores, impulsando el abandono temprano educativo, todavía el más alto de la Unión Europea, y afectando negativamente también a los estudios superiores.

El rasgo esencial es la estabilidad básica de resultados a lo largo de los últimos quince años. Los niveles de competencias son más bajos o en el mejor de los casos similares a la media de la OCDE y el porcentaje de estudiantes que consigue los niveles más altos de competencias es aproximadamente un tercio inferior a la media. Además, incluso dejando aparte casos excepcionales como ciertas regiones chinas o Singapur, las diferencias son de una magnitud mucho mayor respecto a un grupo amplio de países cuyos estudiantes de 15 años tienen unas competencias medias que superan en el equivalente a más de un curso académico las de los nuestros y donde el porcentaje de estudiantes de alto rendimiento es más del doble que en España (según PISA 2018, 7% en matemáticas y 4% en ciencias).

Por último, en línea con lo mostrado en una reciente monografía de la Fundación BBVA sobre las diferencias educativas regionales, entre las comunidades se mantienen diferencias muy relevantes en términos de recursos, funcionamiento y resultados educativos, y el patrón, con algunas variaciones a lo largo del tiempo, es muy persistente.

España en conjunto no suspende, pero no consigue acercarse a los niveles de otros países, amigos y a la vez competidores, en estos aspectos que pueden resultar cruciales para el desarrollo económico futuro y el logro de mayores niveles de bienestar social, especialmente en un contexto tan incierto como el que supone el rápido proceso de digitalización de la economía al que asistimos en la actualidad. Este proceso ofrece grandes oportunidades de desarrollo, pero requerirá de trabajadores con más y mejores competencias, a menudo de diferente naturaleza.

Se trata de una cuestión relevante porque los datos disponibles muestran que, con independencia del nivel formal de estudios completados, el nivel de competencias influye en España de manera muy importante en una mayor empleabilidad y unos salarios más elevados para los trabajadores. La evidencia al respecto indica que todo lo demás constante, a igualdad de nivel de estudios completados, pasar de niveles bajos a niveles altos de competencias mejora en 20 puntos porcentuales la probabilidad de empleo y que un aprendizaje más efectivo en términos de competencias duplica el rendimiento salarial por año de estudios.

Un dato adicional es que una gran parte de los titulados que ocupan empleos que no se corresponden con esa formación parecen carecer de los niveles de competencias esperables de esos niveles educativos, algo que por ejemplo sucedería en España para el 50,4% de los trabajadores con estudios universitarios menores de 35 años.

Algunas comunidades parten de una mejor situación que otras, algunos estudiantes podrán afrontar el futuro mejor que otros, pero España en su conjunto parece haber seguido en materia educativa con admirable fidelidad la estrategia del gatopardo, haciendo como que lo cambia todo continuamente, para que finalmente todo siga igual. Los efectos van a ser duraderos y se notarán en las próximas décadas en términos de persistentes problemas de desempleo, débil crecimiento de la productividad y desequilibrios territoriales. Una receta que parece poco recomendable para un país cada vez más envejecido.

Lorenzo Serrano es Investigador del Ivie y catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universitat de València