La dificultad del negocio bancario en tiempos de tipos negativos

La fortísima reducción de los márgenes de intereses no es sostenible a largo plazo

La persistencia de una política monetaria decididamente expansiva y con todas sus herramientas a pleno rendimiento ha logrado conjurar en Europa el riesgo de deflación en los últimos años. Pero no ha conseguido movilizar la actividad económica para llevar la inflación hasta los valores marcados por el Banco Central Europeo, entre otras cosas porque siguen existiendo resistencias en la transmisisión de sus decisiones a la concesión del crédito. De hecho, hay doctrina extendida ya que defiende que los efectos de tanto tiempo de liquidez infinita, precios cero del dinero y masiva compra de activos financieros públicos y privados empiezan a ser contraproducentes para el normal desenvolvimiento de los mercados financieros. Y dado que todo apunta a que habrá aún una larga temporada con los tipos de interés planos o negativos, la alarma está calando en la industria bancaria, que tiene cada vez más dificultades para rentabilizar su negocio.

Los tipos exageradamente bajos no es la única dificultad que se encuentra la banca para obtener rendimiento de la función tradicional de tomar depósitos y conceder crédito, pero es la más peligrosa por su intensidad en el tiempo. La banca es una industria con un elevado grado de adaptabilidad a las circunstancias, como ha demostrado a lo largo de las últimas décadas al menos en España, con severos ajustes de personal y de capacidad instalada, y con una intensidad tecnológica en su operativa creciente que está logrando hacer frente con solvencia al cambio de cultura financiera aplicada y a un revisionismo integral de la relación con la clientela. Pero la fortísima reducción de los márgenes de intereses no es sostenible a largo plazo, puesto que erosiona la rentabilidad de los ahorradores y la capacidad del capital para sostener el negocio bancario, máxime si a ello se añade la cada vez más exigente regulación implantada desde la crisis.

La industria no elude la competencia surgida desde la banca en la sombra, cierto que con presencia muy limitada en Europa, ni de las fintech, los experimentos de última generación de las bigtech o los simulacros de creación de mecanismos de pago alternativos; pero demanda con razón una regulación simétrica e igualitaria, tanto en las exigencias de capital y reservas como en la disponibilidad de los datos de la clientela, cuestiones aún hoy alejadas de la normativa y que pueden poner en cuestión preceptos capitales como la seguridad, la confidencialidad y la competencia leal. Seguramente una normativa que lo garantice no impedirá que la banca tenga que seguir en la carrera nunca culminada de las concentraciones, nacionales y transfronterizas, y poner en marcha el cobro por servicios antes gratuitos, sin descartar el simple servicio de depositario del ahorro.