Datos, intuiciones y ficciones sobre el derrumbe de Ciudadanos

La mitad de los diputados perdidos los tenía en las cuatro comunidades donde pactó con PP y Vox. Rivera y Arrimadas se apuntaron a la agresividad verbal

Datos, intuiciones y ficciones sobre el derrumbe de Ciudadanos

Los datos dicen que en seis meses (28 de abril a 10 de noviembre), Ciudadanos quemó su mejor cosecha. Se dejaron 2,5 millones de votos y 47 diputados, hasta quedarse en 1,6 millones de papeletas y 10 escaños en cuatro comunidades –Madrid (3), Andalucía (3), Cataluña (2) y Valencia (2)–.

Si hurgamos en los números, la conclusión es muy clara: la estrategia de pactos con el PP y Vox es la principal causa del desplome, ya que 23 de los 47 diputados perdidos los tenían en las cuatro regiones donde han pactado.

Esa es la tesis que defienden muchos dentro de Ciudadanos, empezando por Francisco Igea, candidato a presidir Castilla y León (a pesar de Rivera), y hoy vicepresidente de la región; y siguiendo por Manuel Valls, en mayo pasado candidato a Alcalde de Barcelona por Ciudadanos y hoy íntimo enemigo.

Ciudadanos nació socialdemócrata, hasta febrero de 2017 que se hace liberal progresista. El Ciudadanos socialdemócrata apoyó a Susana Díaz, en 2015, y el liberal prefirió al PP y Vox en diciembre de 2018. El cambio lo justificaron diciendo que el pueblo andaluz había votado desalojar al PSOE, el único partido que había gobernado hasta entonces la región.

El argumento sonó entonces muy razonable. Hoy, tras la sentencia de la Audiencia de Sevilla sobre el Caso ERE, no cabe ninguna duda de que el PSOE de Andalucía se merece una temporada en la oposición, purgando las culpas por tanto desmán. Todo esto, suponiendo que José Antonio Griñán y Manuel Chaves son honrados. La bondad y las buenas intenciones son argumentos insuficientes para manejar los designios de un pueblo.

Pero el cambio de régimen en Andalucía no fue el único argumento para el volantazo de izquierda a derecha. En realidad tuvo mucho que ver con el golpe que Ciudadanos y Albert Rivera, especialmente, recibieron con la moción de censura a Mariano Rajoy y el ascenso a los altares de Pedro Sánchez en junio de 2018.

En ese momento, las encuestas daban a Ciudadanos primero o segundo, muy empatado con PP, y claramente por delante de PSOE y Podemos. Pero Pedro Sánchez entendió que la sentencia de Gürtel marcaba un hito y le robó la iniciativa, con la inestimable colaboración de Pablo Iglesias y el cambio de bando del PNV.

Este giro de Ciudadanos a la derecha no impactó en el electorado, que quizás entendía que podía ser táctico, para aprovecharse del deterioro del PP y frenar el crecimiento de Vox, que había asomado en las instituciones por Andalucía. El caso es que el resultado de las elecciones generales del 28 de abril pasado parecía bendecir esa estrategia, ya que saltan de 32 a 57 diputados, aunque no consiguen pasar al PP.

Un mes después son las elecciones autonómicas y municipales y el PP deja prueba de su poder territorial, pero está en manos de Ciudadanos. Albert Rivera se encuentra con capacidad real de decidir la Moncloa, sumaba 180 diputados con el PSOE, pero también las comunidades de Madrid, Castilla y León y Murcia, y los mayores ayuntamientos. Podía decidir, como en Andalucía, el cambio de régimen en tres regiones gobernadas durante más de dos décadas por el PP y con graves casos de corrupción, pero no lo hizo. Optó por PP y Vox y ahora en Castilla y León y Murcia ya no tiene ni un diputado nacional y en Madrid empieza a tener problemas con las corruptelas del PP.

Ciudadanos podía haber jugado a izquierda o derecha con el argumento de la regeneración y rompió la bisagra y hasta la puerta. La primera consecuencia fue la crisis interna en el partido, con salidas sonoras en la dirección, y ya se quitaron la careta y el electorado vio el nuevo perfil de derecha sin más.

Ciudadanos pasó de la frescura a la bronca, con una agresividad verbal que estrenó Albert Rivera y contaminó a Inés Arrimadas. Rivera, Arrimadas, etc, ya no son los jóvenes guerreros catalanes que defienden la españolidad de Cataluña, algo que gusta mucho del Ebro para abajo, y que Vox borda. Además, ambos ya se han mudado a Madrid y son más del 155 que el PP, lo que les ha restado en su Cataluña.

En el trayecto, Rivera ha cambiado de pareja. Mantuvo su relación fuera de foco hasta que el 12 de julio salía con Malú del hospital después de su gastroenteritis. Malú iba con deportivas, pantalón vaquero y una camiseta blanca en la que se leía Love. Rivera iba acorde con la cantante, únicamente añadía una camisa vaquera destrabada. Después se le vio haciendo campaña en moto y con el atuendo apropiado de los moteros. ¿Es esto lo que esperan los votantes de centro-derecha? El tono, el body language, es muy importante. Y lo ha perdido hasta Inés Arrimadas. Rocío Monasterio, autora junto a Ortega Smith de las mayores barbaridades, parece una monjita al lado de Inés Arrimadas si pones la tele sin sonido.

Que el giro de Rivera y Arrimadas al tono bronco de Juan Carlos Girauta, no gusta a sus votantes, puede ser una intuición, quizás errónea. Lo que es seguro, es que la explicación de Girauta, para quien todo ha sido “una gran operación de acoso y derribo contra Albert por parte de algunas empresas del Ibex”, es pura ficción. Girauta debería sospechar de su propia opinión cuando fabula con el tándem Iglesias/Montero.

La cruda realidad es que Ciudadanos, que parecía que podía ser la bisagra que hay en muchos países, el liberador de las cesiones a nacionalistas, independentistas o regionalistas, quiso jugar a liderar la derecha y se equivocó. No tienen ni equipos, ni fuerza argumental en toda España, como tienen PSOE y PP. Ahora tienen la oportunidad de hacer un grandísimo servicio: facilitar la investidura de Sánchez y evitar que ERC pinte en esta legislatura.

Aurelio Medel es Doctor en Ciencias de la Información. Profesor de la Universidad Complutense