Una tasa digital global y equitativa que no penalice la innovación

La OCDE debe avanzar hacia un sistema tributario que huya de esquemas no lo suficientemente maduros, como el defendido por Sánchez

El debate sobre la creación de una tasa Google para gravar a las grandes compañías tecnológicas como Apple, Amazon, Netflix o Google ha cristalizado hasta el momento en ciertos modelos regulatorios aislados –el francés es uno de ellos– y en alguna que otra propuesta pendiente de aprobación, como la británica o la española. Las dudas sobre estos intentos de gravar a las multinacionales de internet se han centrado en buena parte en la dificultad de aplicar impuestos nacionales a un negocio global y sin fronteras, un problema que podría verse solventado si sale adelante la propuesta que la OCDE anunció ayer sobre esta cuestión. La organización defiende que las compañías con más de 750 millones de euros de volumen de negocio global paguen impuestos en los países donde residen sus usuarios, al margen de si poseen o no presencia física en estos. Pese a todo, el modelo va más allá del objetivo inicial de la tasa Google y se extiende a empresas que ofrecen productos de consumo minorista, como las grandes marcas de lujo o los fabricantes de coches.

La iniciativa anunciada ayer constituye el primer intento serio de establecer una regulación fiscal internacional para gravar una realidad económica que excede los límites de la legislación tributaria clásica, pensada para los negocios físicos. El texto nace con la ambiciosa vocación de crear un nuevo sistema, claro y estable, que sustituya a unas reglas de juego que datan de la década de los años 20 del pasado siglo y que no garantizan ya una asignación equitativa de los derechos fiscales. Pese a todo, habrá que esperar a que se concrete la propuesta, de la que de momento solo se conocen las líneas principales y que plantea objeciones que convendría despejar. Es el caso de incluir en el ámbito de aplicación del impuesto a otro tipo de compañías de consumo minorista, algo que puede debilitar un objetivo inicial que ya es lo suficientemente complejo como para requerir un modelo específico.

La tasa digital, sea cual sea su diseño final, debe aspirar a convertirse en un impuesto global, equitativo y eficaz centrado en lograr que las grandes compañías de internet paguen una factura fiscal realista y razonable. En ese proceso es necesario avanzar hacia un sistema que huya de esquemas precipitados y no lo suficientemente maduros, como el defendido por Pedro Sánchez, que no solo impone una suerte de doble gravamen a algunas empresas que ya tributan de forma convencional, sino que puede producir un incremento del precio de los productos y servicios de las compañías que usan las plataformas digitales y proyectar una imagen de España como país penalizador de la innovación.