Cuando la democracia representativa no hace su trabajo

Cunde entre los administrados el temor de que los comicios del 10 de noviembre tengan la misma fortaleza resolutiva que los del 28 de abril

El aire fresco que el rapapolvo de los electores a los dos grandes partidos nacionales en 2015 inyectó en la política nacional, con la irrupción de dos actores adicionales que prometían valorar y regenerar la práctica política, está ya viciado. Salvo un vuelco de última hora esta semana, y tras la decisión del rey de no encargar a nadie someterse a la investidura, habrá nuevas elecciones el 10 de noviembre. Así, en menos de cuatro años se han necesitado cuatro convocatorias generales y dos mociones de censura para construir solo Gobiernos endebles que han arruinado la imagen de estabilidad política que España atesoraba desde 1977, que ahora se acerca más al voluble circo político italiano que a los ensayos transversales germánicos de los últimos años.

Tras las elecciones de abril hemos asistido a un bloqueo premeditado que convertía los movimientos de cada partido en acto electoral, porque todos adoptaron sin disimulo alguno un irresponsable modo mitin. Los alardes de esta semana, con ofertas de última hora, réplicas, llamadas de teléfono y disfraces de supuestos estadistas, solo son pancartas para esconder la incapacidad colectiva que han arrastrado durante cinco meses, y que demuestra cómo se pone en juego y se erosiona la viabilidad de la democracia liberal representativa, que ordena a la ciudadanía votar y a los votados, pactar.

Cunde entre los administrados el temor de que el 10 de noviembre tenga la misma fortaleza resolutiva del 28 de abril, en el supuesto de que mueva poco los sufragios, y que lo haga de tal forma que todo siga igual, escaño arriba, escaño abajo. Había tras las urnas una opción de estabilidad sólida, que se acomodaba a las expectativas de una mayoría amplia y centrada de españoles y que, además, estaba entre las más convenientes para casar los intereses de los votantes y el desempeño inclusivo de la economía, detalle este último que siempre hemos considerado debe ser norte de todo Gobierno. Pedro Sánchez optó tras las elecciones por profundizar en su orientación tras la moción de censura y por mirar a su izquierda con medidas fiscales inconvenientes para empresas y particulares, pero sin compañías incómodas.

Surja una aritmética u otra de la repetición de noviembre, que los políticos hagan su trabajo y recuerden que no se tratará solo de lograr una investidura, sino de garantizar una gobernabilidad para toda la legislatura; y hacerlo con políticas económicas y presupuestarias que aprovechen el prolongado recreo monetario que insiste en servir el BCE para liberalizar la economía, potenciar el crecimiento, maximizar el empleo, reformar las pensiones y devolver la deuda, pública y privada, a cotas que garanticen a España el respeto de los financiadores.

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