Los analistas de renta variable podrían reconvertirse en lobistas

Pueden aprovechar sus conocimientos sobre empresas concretas para cambiar de oficio

Un analista en la sede de Euronext, en París.
Un analista en la sede de Euronext, en París.

Reservemos un poco de compasión para los analistas de renta variable. No siempre es una petición fácil. Hasta hace poco, tenían una vida bastante buena: altos salarios, muchos viajes, se equivocaban a menudo y raramente se les castigaba por ello. Sus vidas son ahora mucho más difíciles.

El crecimiento de la gestión pasiva de fondos ha reducido los ingresos del trading de acciones, la principal fuente de esa generosa remuneración. La regulación ha amplificado el golpe. La última versión de Mifid ha dificultado a los gestores de fondos el uso del dinero de los clientes para pagar informes largos y raramente perspicaces sobre cotizadas. No hay indulto por incluir docenas de hojas de cálculo complejas que generalmente predicen, con insoportable detalle, que el futuro será muy parecido al pasado.

Las reuniones privadas con los inversores también son menos valiosas, ahora que los departamentos de compliance disuaden a los analistas de compartir su contenido más valioso. Con el creciente traslado de la acción corporativa a los mercados privados, los anticuados analistas bursátiles tienen menos empresas que estudiar. También tienen menos oportunidades de convertir una de sus habilidades clave –el cálculo rápido de métricas de valoración– en un trabajo más lucrativo en banca de inversión.

Como si eso no bastara, el mundo también funciona distinto. Es así desde que la crisis de 2008 cogiera a casi todos desprevenidos. Al igual que otros actores de los mercados, los expertos de las empresas estudiaban básicamente señales de tráfico ante una avalancha que se echaba encima.

Los analistas de banca parecieron especialmente irrelevantes. Su detallado conocimiento corporativo y de la industria era en gran medida inútil cuando lo único que importaba era la política. Ningún modelo financiero podía anticipar cuándo recatarían los Gobiernos a los bancos o cómo se estructuraría el rescate.

No fue algo puntual. Los movimientos de los precios de las acciones dependen menos que nunca de las cosas que conocen los analistas: nuevos productos, cambios en la cuota de mercado y cambios en los márgenes de beneficio. Es más probable que las acciones individuales se vean atrapadas en grandes movimientos causados por fuerzas que los analistas de empresas no pueden dominar.

Por ejemplo, la política monetaria. El aumento del apalancamiento de las empresas y de los consumidores ha hecho que los bancos centrales sean casi tan importantes para los beneficios de las compañías como su capacidad para controlar los precios. Sin embargo, los analistas suelen tener poca información especial sobre la dirección futura de los tipos, por no hablar de la regulación.

El apalancamiento también deja a las empresas más vulnerables a cambios menores que a los analistas les cuesta anticipar. La razón principal por la que el gigante cervecero AB InBev está tratando de reducir la deuda de su balance es un déficit bastante pequeño en la demanda esperada de cerveza.

Luego está Donald Trump. El presidente de EE UU por sí solo ha añadido de manera significativa impredecibilidad a los precios de las acciones. Los analistas se rasgan las vestiduras porque nadie puede saber que será lo siguiente que intente perturbar, o si su último y agresivo tuit conducirá realmente a un cambio en sus políticas.

China se está convirtiendo en otra gran variable difícil de controlar, incluso sin la guerra comercial y las acusaciones de manipulación de divisas. La segunda economía del mundo no solo tiene amplios vínculos comerciales y una gran ambición por influir en la economía mundial. También tiene grandes deudas, una población en edad de trabajar cada vez menor y un Gobierno autoritario que puede estar ahogando la economía. Los analistas pueden conjeturar y esperar, pero no pueden predecir en realidad.

Y el Brexit. Para cualquiera que siga compañías con exposición a la economía británica, la salida del Reino Unido de la UE es una gran incógnita. A menos de tres meses del último plazo, hay una amplia gama de resultados plausibles, desde una salida, posiblemente ruinosa, hasta una revocación de todo el plan que alentaría la confianza. Como todo el mundo, los analistas están totalmente a oscuras.

Es poco probable que la era de las grandes fuerzas que mueven el mercado termine pronto. Véanse los efectos potenciales del cambio climático, la propagación de Gobiernos autoritarios económicamente radicales u otra crisis financiera. Pero la profesión no desaparecerá. Los analistas imaginativos ya están encontrando formas de ayudar a los inversores activos a enfrentarse a los nuevos tipos de incertidumbre y a beneficiarse de ellos. Aún así, algunos de ellos quizás quieran desplegar sus habilidades en otro lugar. Una profesión es particularmente adecuada para la gente que conoce detalles sobre cómo funcionan empresas concretas y que entienden qué tipo de privilegios especiales valdrían más la pena. Los analistas están bien situados para convertirse en lobistas.

Por supuesto, sería necesario un cierto reentrenamiento, especialmente en el arte de encontrar explicaciones que suenen dignas para políticas egoístas. Por otro lado, cualquier analista que haya escrito una elogiosa recomendación de “compra” para un cliente de banca corporativa cuestionable tiene experiencia en retocar la verdad, o algo parecido, en beneficio de su empleador.

Los lobistas necesitan menos hojas de cálculo y menos viajes, pero la paga sigue siendo buena. Y son menos vulnerables a las grandes fuerzas externas. En su nuevo oficio, los analistas podrían ayudar a crear las sorpresas de mercado que ahora les cuesta predecir.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías

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