Para novelas de suspense, la realidad de los mercados

Hay una resignación prácticamente unánime respecto de una economía sin catalizadores

Mario Draghi, presidente del BCE.
Mario Draghi, presidente del BCE.

A poco que uno se interese por los mercados financieros, verá que hay algo que no se les puede reprochar: haberse vuelto aburridos. Cierto es que hasta principios de la década de 1970 constituían una rara avis que no revestía interés para el público en general, a excepción de los pequeños inversores. Su incidencia en comparación con la economía real era muy escasa, especialmente en Europa, y el conservadurismo legendario de los bancos centrales solo era comparable con la austera disciplina de los inversores institucionales.

El sistema financiero internacional resultante de la conferencia de Bretton Woods (New Hampshire, EE UU), cuyo 75º aniversario celebramos este verano, ofrecía toda la estabilidad necesaria a las economías del mundo libre. Sin embargo, esta estabilidad terminó por percibirse como un corsé asfixiante y, a partir de 1973, el sistema de tipos de cambio fijos se derrumbó, el papel legal del oro desapareció y el dólar comenzó a fluctuar drásticamente. La gran aventura de los mercados financieros daba comienzo, magnificada por el ingente movimiento de desinflación y financiarización de la economía que tuvo lugar entre 1980 y 1990. Ello dio pie a una financiación sin restricciones de los sueños tecnológicos más entusiastas, hasta que sus excesos bursátiles estallaron como una pompa de jabón en el año 2000. No obstante, los mercados ya habían pasado a tener más peso que la economía, y los bancos centrales tuvieron que resignarse a partir de entonces —sin llegar nunca a admitirlo realmente— a contener las ondas expansivas que afectaban a la economía real cada vez que estallaba una burbuja financiera recortando los tipos de interés cada vez más, lo que fomentaba la creación de la siguiente burbuja. Cuando la descomunal burbuja crediticia estalló en 2008, los bancos centrales decidieron comprimir aún más los tipos de interés, e incluso aventurarse a intervenir con una creatividad hasta entonces desconocida. Los mercados financieros fueron presa de un frenesí. La década entre 2009 y 2019 constituyó para los mercados bursátiles el mercado alcista más extraordinario que se recuerda. Y, en paralelo, los tipos de interés seguían bajando.

Lo que era impensable hace tan solo unos pocos años se ha convertido en algo habitual; lo absurdo ha pasado a ser la norma. Actualmente, los mercados están dispuestos a pagar al Estado francés para prestarle dinero con vencimiento a diez años, algo que ni siquiera constituye una aberración estadística: en todo el mundo, un total de 13 billones de dólares en bonos presentan tipos de interés negativos. Y como los bancos no se atreven todavía a cobrar a sus clientes por sus depósitos, los particulares tan solo ven en esta situación las ventajas de contar con unos tipos hipotecarios en mínimos históricos. Asimismo, las empresas aplauden unas condiciones de financiación sin precedentes, pero ante la ausencia de confianza en el crecimiento económico, esta ganga se traduce en inversiones financieras más que en inversiones productivas. Y la temática de uno de los culebrones de este verano para los mercados será, una vez más, la enésima fase de flexibilización monetaria por parte de la Fed estadounidense y del Banco Central Europeo. Las voces a favor de ir un paso más allá ya se han hecho escuchar: ¿debería el BCE no solo retomar sus compras de deuda pública, sino ampliarlas al segmento de la renta variable? ¿Se jugará Mario Draghi, el presidente saliente del Banco Central Europeo, el todo por el todo para intentar por última vez volver a impulsar el crecimiento y las perspectivas de inflación?

Cabe mencionar que los bancos centrales no han logrado aún desentrañar el enigma de la falta de inflación. Este misterio mantendrá sin duda ocupados a nuestros economistas-investigadores este verano. Cabría preguntarse cómo es posible que incluso en Estados Unidos, que casi ha vuelto a una situación de pleno empleo y donde las subidas salariales se multiplican, las perspectivas de inflación no hayan repuntado. ¿Acaso el efecto deflacionista de la globalización, la multiplicación de los miniempleos en el sector servicios de EE. UU. y la amazonificación de la distribución hacen que todos los esfuerzos de los bancos centrales sean en vano? ¿Reside la clave del enigma en la constatación de que el todopoderoso consumidor puede imponer unos precios reducidos, lo que obliga a las empresas a repercutir el coste de los aumentos salariales en sus márgenes de beneficios? En caso afirmativo, la presión sobre los márgenes acentuaría la debilidad de la inversión empresarial, lo que perpetuaría la atonía del crecimiento mundial. Probablemente sea este temor el que anime a Estados Unidos a ejercer su poder con sus socios comerciales para adjudicarse la mayor parte posible de una actividad económica mundial cada vez más pequeña.

De hecho, los mercados no albergan ya ninguna duda: el posicionamiento extremo de los inversores en los títulos de crecimiento y en deuda refleja una resignación prácticamente unánime respecto de una economía sin catalizadores, una inflación sin perspectivas de repuntar y unos tipos bajos ad eternum. Puede que esto sea precisamente lo que nos depare una sorpresa este verano, ya que como decía Sherlock Holmes: “Nada resulta más engañoso que un hecho evidente”. Suspense...

Didier Saint-Georges es miembro del comité de inversión de Carmignac

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