Una economía capaz de dar oportunidades a los jóvenes

La mejor receta contra el paro juvenil es un modelo de actividad lo suficientemente flexible como para poder seguir creciendo y creando empleo

La radiografía sobre el oscuro horizonte económico que afrontan actualmente los jóvenes en España, de acuerdo a los datos publicados ayer por el Consejo de la Juventud, órgano dependiente del Ministerio de Economía, es preocupante y desoladora, pero sobre todo es insostenible. Solo dos de cada diez jóvenes españoles de entre los 16 y los 29 años puede permitirse vivir fuera del hogar familiar, entre otras razones, porque el alquiler de una vivienda consume el 90% del salario medio que perciben en el mercado. Con una tasa de paro en torno al 35%, el panorama laboral que afrontan los afortunados que sí consiguen un empleo se nutre de temporalidad (hasta el 55% en los trabajadores menores de 30 años), horas de trabajo por debajo de lo que necesitan para cubrir gastos y puestos para los cuales están sobrecualificados (en un 45% de los casos). La precariedad en las condiciones, las irregularidades contractuales y la falta de respeto a derechos laborales básicos son males especialmente frecuentes entre los trabajadores jóvenes, al igual que los bajos salarios. Según los datos de Economía, la retribución neta de los menores de 30 años supera escasamente los 11.000 euros; entre los 34 y los 35 está en torno a los 15.000.

Todo lo anterior no es una sorpresa en una economía que ostenta el lamentable récord de encabezar, solo superada por Grecia, el grupo de países europeos con mayor tasa de paro juvenil, caldo de cultivo especialmente adecuado para la proliferación de lo que sociológicamente se denominan ninis: jóvenes que no estudian, pero que tampoco tienen un trabajo. Se trata de un problema económico grave, con consecuencias que van más allá del momento presente y que se proyectan como una sombra hacia el futuro, pero también de un foco potencial, creciente y peligroso de desarraigo y conflictividad social.

Las soluciones para abordar el sombrío panorama profesional y vital que tienen ante sí un buen número de jóvenes españoles incluyen una reforma integral y en condiciones del sistema educativo, con especial atención a una FP que no termina de despegar, una mayor colaboración entre la empresa y la universidad o el centro de formación y una vuelta de tuerca más a una legislación laboral que todavía ostenta rigideces, por un lado, y recovecos que favorecen la precariedad, por otro. Pero pasa especialmente por una receta cuya efectividad resulta indiscutible: una economía lo suficientemente flexible como para poder seguir creciendo y creando empleo.

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