El doble filo de los tipos de interés cero: premia la inversión y castiga al ahorro

El valor de los activos financieros de cierto riesgo ha superado, ya el año pasado, a los que carecen de él

España es, como sociedad mediterránea y de creencia mayoritariamente católica, uno de los países más volcados en el ahorro tradicional, que busca la seguridad de su patrimonio financiero como primer mandamiento, y que tiene una aversión natural al riesgo. De ahí de prácticamente la mitad de sus activos financieros estén nominados en productos conservadores como los depósitos a plazo, las cuentas a la vista en la banca y si acaso pequeñas cantidades en fondos monetarios y de renta fija de alta seguridad. Además, únicamente concede al riesgo la adquisición de activos reales (inmuebles) financiada con créditos de garantía hipotecaria. Este tipo de productos, que pueden considerarse de ahorro, dejan en el caso español tradicionalmente muy poco margen a la inversión a aquellos que proporcionan más rentabilidad, pero presos de una variabilidad razonable.

Pero este esquema tradicional ha ido virando en los últimos años hasta llegar al punto de que el valor de los activos financieros de cierto riesgo ha superado, ya el año pasado, a los que carecen de él, a los depósitos tradicionales. La herramienta que ha modificado ese comportamiento han sido los persistentes tipos de interés planos dictaminados por el Banco Central Europeo desde el año 2013 para combatir la amenaza peligrosa de la deflación. Los ahorradores españoles han descubierto que su ahorro tradicional no es nada rentable, pues de una remuneración nominal raquítica, de décimas, resulta un retorno real negativo por limitada que sea la inflación, que además se ve doblemente agravado por las crecientes comisiones bancarias. Los defensores de este ahorro conservador hablan de cantidades supuestamente perdidas por la triple acción de los tipos bajos, las comisiones y la inflación.

Pero las cantidades perdidas por este colectivo son recuperadas sobradamente por los colectivos endeudados, tanto familias como empresas o Administraciones públicas, que soportan un coste financiero muy bajo sobre sus pasivos. Lo que los tipos quitan a los ahorradores se lo entregan, corregido y aumentado, a los inversores. Porque hay que recordar que deuda es mayoritariamente sinónimo de inversión, que lleva aparejado un componente de riesgo elevado, pero que es el que moviliza los recursos para la generación de riqueza en las economías. La transformación de la mentalidad es lenta, pero en España, como en otros países de economías más maduras y abiertas, terminará calando la opción de la inversión y perdiendo terreno la del ahorro tradicional, con el que únicamente se comporta el propietario como un proveedor de liquidez asequible a la banca.

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