Así se restaura un Caravaggio

El Thyssen afronta la limpieza de una de las obras relevantes de la pintura moderna, Santa Catalina de Alejandría

En el proceso trabajan restauradores, fotógrafos, químicos, historiadores...

Caravaggio
Ubaldo Sedano, director de restauración del Museo Thyssen, frente a la obra de Caravaggio.

A la sala se accede por una misteriosa puerta en la zona de oficinas del Museo Thyssen-Bornemisza. La luz natural inunda el espacio, impregnado con un fuerte y agradable olor a pintura, disolventes y pegamentos. Sobre unas amplias mesas y caballetes reposan adormecidas, como si de un letargo se tratara, algunas obras de arte. Unas esperan turno, otras están en fase de estudio para su restauración. Es el caso de La amazona de frente, de Manet, que de ahí saldrá para el Museo del Prado, o un Tintoretto que lo reclaman varios museos, o un Rubens que se marchará al Museo San Telmo de San Sebastián. En un rincón, frente a una ventana, una pieza especial: Santa Catalina de Alejandría, de Caravaggio, cuya restauración es posible gracias al acuerdo de colaboración entre la pinacoteca y Asisa, una obra importante porque a través de sus claroscuros y de cierto realismo sienta las bases de la pintura moderna. En este o en cualquier otro proceso de este tipo intervienen restauradores, fotógrafos expertos en técnicas de alta resolución, químicos, historiadores y varios colaboradores externos, que pueden ahondar y profundizar en el conocimiento de la obra a la vez que aportar detalles sobre la técnica de la época o del artista.

“En un área tan delicada no se puede contar con gente sin experiencia, porque al final lo que hacemos es custodiar unos bienes de carácter universal, que son la memoria del mundo. Nuestra misión es conservarla y transmitirla. Cuando salga de aquí la obra la van a mirar con lupa en todo el mundo”, afirma Ubaldo Sedano, director del área de restauración del Museo Thyssen, frente al citado cuadro. Le acompaña la responsable del departamento, Susana Pérez, quien aclara que muchas veces reciben obras para una revisión rutinaria, porque hay que documentarla, por una investigación o por algún tratamiento puntual o integral, o por un estudio. “Se trata de un trabajo minucioso para el que se requiere de una cierta sensibilidad, de capacidad para comunicarse, porque nuestra labor es fruto del resultado de opiniones, incluso en caso de duda de otras instituciones”, afirma Pérez. Porque cada cuadro es un mundo, y nadie puede anticipar lo que se va a encontrar tras las capas de pintura. “Esto es muy CSI, una tarea de detectives, además utilizamos el mismo equipo que la policía científica y el que se emplea para estudiar las trazas de alimentación”, aclara esta experta.

Otro profesional clave es el químico, que atiende la obra desde el punto de vista analítico. “En un buen trabajo de conservación hay que tener en cuenta los materiales originales, los barnices y adhesivos para integrar el color de nuevo a la obra. Hay que buscar herramientas para establecer los controles de calidad de los procesos y predecir el riesgo”, afirma Andrés Sánchez, que lleva 14 años al frente de este área en el Thyssen. Para todos ellos, el 26 de noviembre será un día de emociones: su trabajo con la obra de Caravaggio verá la luz.

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