Así es el Brasil de Bolsonaro

Las sombras de partidos acostumbrados a sobrevivir se mueven para conspirar y sobrevivir

Brasil, el país que es un continente en sí mismo, acaba de virar electoralmente. Un auténtico terremoto, pero a la vez, un bumerán frente al hastío, el personalismo, la corrupción y la ciénaga de los últimos años del petismo. El partido de los trabajadores. El mismo que alcanzó cotas inéditas de poder y aceptación, hoy toca suelo, hundido por el mismo mesías, Lula da Silva, la debilidad extrema de Dilma y el rechazo absoluto a Temer. Es el péndulo. Es la fiebre de estos años, proteccionismo y soberanismo, individualismo y doble llave a todo lo foráneo.En Europa con Le Pen, Orban, etc., en Estados Unidos. El país primero, el resto es secundario, superfluo.

Muchos se preguntarán como un casi don nadie, con apenas 120.000 votos hace siete años, alcanzó hace dos semanas cincuenta millones. Y alcanzará el palacio de Planalto, no por convicción y fervor de los brasileños, sino por el hartazgo y la decepción ante la podredumbre de la vieja política. Atrás quedan los años de Cardoso. Más atrás los de la dictadura, la que ahora añoran por hastío frente a lo actual. Un drama apelar a ese pasado que algunos ven como último salvavidas. No prosperará una coalición de todos contra él. Es el antídoto, de unos brasileños decepcionados con todo.

Proteccionista a ultranza, desigual, vasto, inmenso, atravesado por el cáncer de la corrupción, prácticamente metastasiado, Brasil es un país que es un auténtico polvorín de conmoción social, política y, a la larga, económica. Quiere ser un gigante económico, pero se atraganta pese a su emergencia.

El país, pese a la leve recuperación vivida en los últimos trimestres, se desangra en un lodazal de engaños, fraudes, sobornos y absoluta falta de credibilidad política. La pobreza sigue ahí sin embargo. La competitivdad está lastrada por su proteccionismo. Los mercados aplauden y apuestan contra la situación actual, metafóricamente, contra Brasil. Nada hay más asustadizo para los inversores que sentarse sobre la cima de un volcán efervescente. Un país inmensamente rico y desigual.

Atrapado en este hilo nemético de Ariadna, Brasil se ha visto abocado a una parálisis y desprestigio absoluto. Perdidas las reformas laborales y sociales. Piñera no ha tardado en lanzar un guante a Bolsonaro. Otros líderes escenifican sin embargo su alarma. Las sombras de partidos acostumbrados a sobrevivir se mueven para conspirar y sobrevivir. Bolsonaro es fruto del sistema, acción reacción y el bumerán es reactivo, militarista en el verbo, homófobo, racista y auténtica incógnita.

Abel Veiga es Profesor de Derecho Mercantil de Comillas

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