La CNMV debe evitar que la crisis de Dia socave la confianza en el mercado

Hay varios factores que despiertan una preocupación que va más allá de la que corresponde a una mera crisis de gestión

La crisis abierta en la cadena de supermercados Dia desde que anunciase el pasado lunes una rebaja del 40% en su previsión de resultados y la suspensión del dividendo para 2019 no solo ha provocado un violento desplome en la acción –que acumula una rebaja de más del 80% desde sus máximos– sino que ha sembrado serias dudas e incertidumbres sobre la situación y el futuro de la compañía. Tras la dimisión de la presidencia de Ana María Llopis, anunciada el pasado abril pero hecha efectiva esta semana, Dia permanece bajo el mando de Stephan DuCharme, uno de los dos consejeros que representan al fondo luxemburgués Letteronne, accionista mayoritario cuyo propietario es el magnate ruso Mikhail Friedman.

Hay varios factores en esta marejada que despiertan una preocupación que va más allá de la que correspondería a una mera crisis de gestión. Por un lado, la ausencia de un mensaje claro y contundente por parte de la compañía que tranquilice a los inversores particulares e institucionales, los cuales necesitan recuperar la confianza en el valor. Por otro, la ventajosa posición de control que ostenta Lettterone, a solo un punto del umbral del 30% que le obligaría a lanzar una opa, y que resulta especialmente estratégica en el marco de una empresa que pierde valor cada día que pasa. A todo ello hay que unir la suspicacia, más que razonable, que despierta la dudosa hoja de servicios que ha acumulado Mikhail Friedman a lo largo de su trayectoria empresarial y que no ayuda en absoluto a despejar las dudas sobre lo que está ocurriendo en la cadena de supermercados.

Los analistas reclaman con razón un mensaje que devuelva la credibilidad al valor, envuelto en una tormenta cuyo impacto está aún por ver. Dado que Dia no parece dispuesta a dar pasos para aplicar criterios de transparencia, la CNMV debe actuar para poner orden en esta crisis, que puede dañar no solo a los accionistas de la compañía, sino a la estabilidad de otras cotizadas y a la propia reputación y confianza en el mercado.

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