¿Estamos educando de verdad para el empleo?

Pese a un paro del 17%, las empresas tienen problemas para cubrir ciertos puestos

¿Estamos educando de verdad para el empleo?

¿Están alineados los objetivos e intereses de la universidad con los de la sociedad y la empresa?, ¿son adecuados los planes de estudio a la oferta laboral que se encontrarán los estudiantes cuando terminen su proceso formativo?, ¿cumple la educación con su cometido social? Son todas ellas cuestiones de gran trascendencia en las que, con seguridad, residen las claves de nuestro futuro, y en las que, por desgracia, el camino de mejora aun por recorrer es amplio, como nos revelan algunos datos.

En una primera aproximación al asunto, llama la atención, por ejemplo, que con una tasa de paro del 17%, las empresas en España se estén encontrando en los últimos tiempos con problemas para cubrir algunas de sus vacantes. Como se han encargado de indicar algunos estudios, casi un 25% de las empresas no identifican en el mercado a profesionales con las cualidades y la preparación requeridas, lo que supone nada menos que 350.000 puestos de trabajo que permanecen sin cubrir. Todo ello en una sociedad que mantiene un sistema obligatorio de enseñanza hasta los 16 años y en el que se ha consagrado la educación superior como prácticamente única puerta de acero al mundo laboral.

La implantación del Plan Bolonia, hace ya 11 años, prometía modernizar el sistema de educación superior y lograr mayor autonomía a la hora de diseñar una oferta de titulaciones, homologables a la del resto de instituciones europeas, para facilitar el intercambio de estudiantes y adecuar la oferta universitaria al mundo laboral. Sin embargo, a la vista de los datos, lo que se ha producido ha sido un gran esfuerzo de las universidades por adaptarse a las demandas de los alumnos (hoy pueden elegir entre 2.400 titulaciones de grado diferentes, frente a las 140 que existían antes de la llegada del mencionado plan europeo), sin que por el momento esa conexión anhelada entre las demandas de la sociedad y de la empresa hayan podido ser satisfechas de una manera satisfactoria.

Todo ello nos ofrece un cuadro disfuncional. Mientras que casi un 60% de los estudiantes universitarios se decantan por estudios relacionados con las humanidades, un campo que sólo absorbe un 3% de las ofertas laborales, el 40% restante lo hace por carreras relacionadas con la tecnología, la ciencia o las matemáticas, campos que actualmente generan más del 30% de las ofertas laborales. Además, el ascenso del prestigio social de la universidad se ha producido a costa del descredito de la Formación Profesional en nuestro país, responsable durante décadas de instruir a los técnicos en los oficios que demandaba la industria, y que solía constituir el camino más rápido para lograr un empleo con proyección y estabilidad en una empresa.

Ha hecho falta que nuestro país se sumiese en una grave crisis económica, con tasas superiores al 20% de desempleo para que las autoridades, por fin sensibles a las demandas de las empresas, hayan impulsado el antiguo modelo de la formación dual. Un modelo, por cierto, que amén de combinar la formación entre el centro educativo y la empresa, logra unos datos de inserción laboral realmente importantes, hasta el punto de servir de antídoto contra el paro en otros países de nuestro entorno. En Alemania, por ejemplo, la FP dual es una opción por la que optan más de medio millón de jóvenes al año, y su tasa de paro juvenil no llega al 7%. La clave reside en que las empresas logran encontrar trabajadores que dan solución a sus necesidades exactas, ya que han sido formados por ellas mismas.

En España, por el momento, sólo el 3% de los alumnos que se decantan por la FP optan por la opción de FP Dual, si bien comienza a percibirse un positivo cambio de tendencia. Sólo en la Comunidad de Madrid, en los últimos seis años, el número de alumnos que ha optado por esta modalidad formativa se ha incrementado en más de un 120%, los ciclos formativos han pasado de dos a más de medio centenar y el número de empresas colaboradoras se ha incrementado hasta alcanzar las 1.100. A todo ello se suma unos datos de inserción laboral abrumadores. Estos se sitúan en más del 75%, llegando a tasas del 82% en ciclos relacionados con la sanidad, la informática o las comunicaciones. La educación, se ha repetido ya muchas veces, debería estar marcada como prioridad en las agendas de nuestros dirigentes políticos, y ser objeto de consenso básico entre todos los grupos, independientemente de su ideología. Hace unos días hemos visto la configuración del nuevo Gobierno de la nación y, por primera vez en la historia, contamos con un departamento en cuya rúbrica puede leerse, esperemos que como síntoma de cambio, Ministerio de Educación y Formación Profesional. Un buen modelo educativo es la forma más directa y eficaz de reducir el desempleo que padece España, y la mayor fuente de estabilidad social que se necesita para construir un proyecto a largo plazo como nación.

Alberto Zoilo Álvarez es Presidente de la Asociación de la Empresa Familiar de Madrid (ADEFAM)

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