Lo que cuesta sacarse un máster de verdad

Obtener un título de posgrado supone un gran sacrificio económico y académico

Los trabajos finales requieren una inversión de entre 180 y 900 horas de dedicación

master cifuentes
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, ayer en la rueda de prensa donde renunció a su máster de la URJC. EFE

Laura Sánchez se pasó casi todo su año de máster en la biblioteca de la Universidad Pompeu Fabra (UPF). Guillermo Kreiman cuenta que, desde que en 2016 empezó el suyo en la Carlos III (UC3M), “no ha tenido tiempo para nada más”. Juan Dueñas ha hecho malabarismos para conciliar un trabajo de 8.00h a 15.00h con un máster de 17.00h a 21.00h en la Rey Juan Carlos (URJC). Son testimonios de estudiantes procedentes de universidades y titulaciones diferentes, pero que dan cuenta de una realidad muy distinta de la que en las últimas semanas han transmitido políticos como Cristina Cifuentes –que ayer anunció que renuncia a su máster–, o Pablo Casado, sobre las exigencias y el esfuerzo que implica sacarse un título de posgrado.

“Un caso aislado no puede, de ningún modo, poner en duda el rigor y exigencia de los programas universitarios de nuestro país”, opina el director general adjunto de Esade, Francisco Longo. Una crítica que también sobrevoló la semana pasada la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE), que tachó de “inaceptable” el que ciertos políticos, sin decir cuáles, hubieran extendido “una sombra de duda en el funcionamiento de la universidad”. Longo, por su parte, añade que tanto Esade, como muchas otras instituciones, “se someten a exigentes procesos de acreditación nacional e internacional”, e insiste en que la obtención de un máster “exige al estudiante un importante esfuerzo”.

Se trata además de un peldaño cada vez menos ineludible dentro de la formación universitaria, tras la implantación del Plan Bolonia y su modelo 3+2 (tres años de grado y dos de máster). En los últimos ocho años, los datos del Ministerio de Educación indican que el número de matrículas en másteres se ha cuadruplicado, y según Adecco, el 40% de las ofertas de trabajo para universitarios requiere hoy uno de estos títulos.

Pero acceder a este nivel de especialización no está al alcance de todos los bolsillos. Según el Ministerio de Educación, los másteres habilitantes, es decir, aquellos que son obligatorios para ejercer algunas profesiones en sectores como la abogacía, la ingeniería o la arquitectura, cuestan entre 1.000 y 2.500 euros, dependiendo de la comunidad autónoma. Su precio aumenta notablemente y puede superar los 3.000 euros para el resto de másteres oficiales. Son tarifas de las universidades públicas, que copan el 66% de las matrículas, porque para las privadas y escuelas de negocios, los precios pueden multiplicarse hasta por diez.

Juan Dueñas, que tras estudiar Derecho en la URJC hizo el máster de Acceso a la Abogacía y otro posgrado en Penal Económico, defiende el buen nombre de su centro: “La docencia estuvo muy bien organizada y los profesores eran buenos”. Pero, más allá de la polémica suscitada, insiste en poner el acento en el encarecimiento de los precios de este tipo de formación. En su opinión, la Ley Wert, en referencia a la reforma del exministro de Educación que fue quien tuvo que aplicar el modelo 3+2, ha beneficiado especialmente a las clases más pudientes y ha limitado el acceso a aquellos estudiantes con menos recursos, al dejar a las comunidades autónomas la elección de las tasas.

No solo se trata de una carga económica. El esfuerzo académico de estos títulos es todavía mayor. Desde el Observatorio del Sistema Universitario (OSU), Vera Sacristán explica que la regulación de los másteres oficiales es “muy precisa”, y que los planes de estudio deben tener entre 60 y 120 créditos, repartidos en uno o dos años de intenso trabajo. La normativa establece también la obligación de realizar un trabajo de fin de máster (TFM), cuyo peso puede oscilar entre los 6 y los 30 créditos.

“Hay que tener en cuenta que un crédito representa entre 25 y 30 horas de trabajo realizado por el estudiante”, señala la responsable del OSU, por lo que el tiempo invertido para un trabajo final varía entre las 180 y las 900 horas. “Si no lo tienes [el TFM], no hay máster, es muy simple”, indica Joaquín Garralda, decano de ordenación académica del IE Business School, que prosigue: “Es un trabajo muy intensivo y es una pena ver cómo se está frivolizando el impresionante esfuerzo que hacen los alumnos”.

“Teníamos muchísima carga, entre lecturas, ensayos y parciales”, cuenta Laura Sánchez, rememorando el máster en Filosofía Política que cursó entre 2015 y 2016 en la UPF de Barcelona. Al principio, apunta, tenían cuatro días de clase a la semana, pero conforme avanzó el curso, la asistencia se fue reduciendo para poder preparar el TFM. “Aun así, la dedicación era a tiempo completo, me pasé tres meses haciendo el trabajo final”, recuerda.

Pese a que existen másteres semipresenciales u online adaptados a profesionales que quieren actualizar sus conocimientos sin dejar de trabajar, Sacristán explica que la inmensa mayoría (el 78%) de ellos son presenciales. La regulación académica, detalla, establece un control estricto de la asistencia, sin la cual no se pueden superar las asignaturas, ya que además, parte de la nota de evaluación depende de la participación activa en el aula.

“Somos 10 en clase y los profesores se dan perfectamente cuenta cuando alguien falta, y está muy mal visto”, cuenta Guillermo Kreiman, que desde 2016 cursa el máster en Ciencias Sociales de la UC3M. Este estudiante indica que su máster “no ofrece ningún tipo de flexibilidad”, en cuanto a las exigencias de asistencia o de evaluación, algo que confirman desde la universidad. Presentará su TFM el mes que viene, después de una exigente preparación que inició en octubre. “Es imposible que alguien se olvide de qué trataba su trabajo de fin de máster, a menos que sea un caradura”, zanja.

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