Una estrategia exportadora que contrarreste el hándicap de un euro fuerte

La gran baza que deben jugar las empresas es optimizar la producción para reducir costes

El presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, ofrece una rueda de prensa tras la reunión del Consejo de Gobierno del BCE, en Fráncfort, Alemania.
El presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, ofrece una rueda de prensa tras la reunión del Consejo de Gobierno del BCE, en Fráncfort, Alemania.

El sector exterior español ha vivido un tiempo de gracia en los últimos años. No solo ha sido uno de los escasos motores que tiraron de la economía española durante los años más duros de la crisis, sino que ha seguido manteniendo desde entonces una salud excelente. En los dos últimos ejercicios, las empresas han contado con la ayuda de dos factores coyunturales que les han permitido vender más y mejor sus productos en el exterior. Por un lado, una fuerte depreciación del euro, la cual ha favorecido las exportaciones fuera de la eurozona; por otro, el bajo precio del petróleo, que se ha mantenía en torno a los 50 dólares y abarató la factura energética de las compañías.

Esta situación ha cambiado sustancialmente, hasta el punto de que en este momento las empresas europeas tienen que lidiar con una moneda única que acumula ya casi un 20% de apreciación y con un Brent que cotiza en torno a los 70 dólares el barril. La combinación de ambos factores resulta especialmente dañina para los tres sectores españoles más exportadores –bienes de equipo, alimentos y automoción– al encarecer sus costes de producción y por tanto, sus precios, y hacerlos así menos competitivos. Como consecuencia de esa situación, las empresas ven reducidos cada vez más sus márgenes, con lo que ello significa para el desarrollo del negocio y la inversión.

La apreciación de la moneda única es una de las consecuencias del boyante crecimiento económico europeo, que está evolucionando por encima de las previsiones. Aunque no todo en torno a un euro fuerte son inconvenientes –es el caso de la compra de la energía, que se comercializa en dólares–, sí es cierto que este supone un obstáculo para la competitividad empresarial. ¿Cómo afrontar ese reto? En primer lugar, con una estrategia exportadora flexible, que redirija en lo posible el grueso de las ventas hacia el mercado europeo, donde la moneda es estable al ser la misma. A falta de una política monetaria que permita devaluar la divisa, la gran baza que han de jugar las empresas es elevar la competitividad, que debe buscarse por la vía de optimizar la producción para reducir costes.

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