Theresa May junto a Jean-Claude Juncker.
Theresa May junto a Jean-Claude Juncker.

Europa vence a Reino Unido en la primera batalla del 'brexit'

Theresa May claudica frente a la UE y deberá luchar también contra tensiones internas

Para conocer el juicio que realizará la historia sobre la salida de Reino Unido de la UE será necesario esperar a la perspectiva que dan los años. Pero ese análisis incluirá a buen seguro a la poderosa diplomacia británica como uno de los grandes mitos derribados por el brexit. No en vano, el principio de acuerdo alcanzado ayer en Bruselas entre Reino Unido y la Unión Europea supone, antes de nada, una derrota sin paliativos de Londres a la hora de fijar la factura que los británicos tendrán que abonar a cambio de abandonar el club del euro. La imagen de dama de hierro con la que Theresa May inició el camino que deberá conducir a su país fuera de la UE se ha ido desmoronando con el tiempo, en parte por la dureza y claridad de la postura europea, en parte también por las divisiones internas de los conservadores británicos, así como por las primeras grietas profundas de una opinión pública que empieza a vislumbrar en el brexit los contornos de un inquietante abismo para Reino Unido.

May ha tenido que ceder y pasar de ofrecer el pago de una factura de 20.000 millones de euros a negociar otra que puede oscilar entre los 45.000 y 55.000 millones. Se trata sin duda de un trago amargo para llevar a casa y presentar ante sus compatriotas euroescépticos, pero también del salvoconducto que le permitirá pasar a la segunda fase de la negociación: la que establecerá el marco de relaciones comerciales entre Londres y la UE. Entre las dificultades que deberá afrontar ahora May figura el prurito que ya ha despertado en algunos territorios británicos el especial vínculo con la UE del que disfrutará Irlanda del Norte, sin fronteras ni aduanas. Un reto político que la primera ministra deberá asumir en uno de los momentos más bajos de su mandato en términos de popularidad.

Del lado europeo, la visible satisfacción que mostraban ayer tanto Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, como Jean-Claude Juncker, su homólogo en la CE resulta comprensible, aunque reste todavía la parte más compleja de las conversaciones. Pese a ello, Europa cuenta ya con una victoria: puede decir a sus socios y al mundo que salir del club del euro no es fácil, pero sobre todo, no es gratis.

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