La filantropía no es solo cosa de ricos

Fomentar y favorecer la generosidad eleva la cohesión social y la participación ciudadana

La actividad en ese sentido de Amancio Ortega ha sido cuestionada de forma incomprensible

Amancio Ortega.
Amancio Ortega.

La filantropía es una expresión de generosidad y un acto de compromiso cívico con los fines y actividades de interés general. El filántropo destina recursos propios, por los que ya ha tributado, a iniciativas que mejoran la vida de los ciudadanos, lo que además, supone una incremento dela inversión pública.

Todo aquel que dedica sus recursos de forma desinteresada al desarrollo de proyectos que repercuten directamente en la satisfacción de las demandas y necesidades de los ciudadanos es un filántropo. Son tan evidentes como reconocibles los efectos beneficiosos de la acción filantrópica en todos los ámbitos de la vida social. Por eso necesitamos más filántropos, más gente comprometida con el bien común.

Y para que avancemos en esa dirección es imprescindible propiciar y estimular con medidas concretas y efectivas el crecimiento progresivo, cualitativo y cuantitativo, de ciudadanos que den dinero o su tiempo y sus ideas a aquellas causas con las, por las razones que fueren, tengan más afinidad y sintonía: la inclusión social, la salud, la conservación del medio ambiente, la educación, la cultura, la investigación científica…

Debemos esforzarnos, en todos los niveles, por favorecer la generosidad y el compromiso cívico, por potenciar el desarrollo de una sociedad civil capaz de dar respuesta rápida y eficaz a los problemas y las necesidades sociales. No hay contradicción sino una necesaria confluencia entre la iniciativa privada y el interés general. Porque la adecuada colaboración entre iniciativas públicas e iniciativas privadas es la mejor garantía de eficacia y eficiencia. Lo público con lo privado y lo privado con lo público generan alianzas que benefician al ciudadano, una aspiración permanente que debería sostenerse en un amplio y sólido consenso social y político.

Ni lo público y lo privado han de entenderse como conceptos enfrentados e incompatibles entre sí, ni la filantropía ha de verse como una cosa de ricos. Porque no es exclusiva de personas con altos recursos. Filántropo es cualquier ciudadano que hace una aportación, por pequeña que esta sea, a una causa social o cultural. Todos llevamos dentro el impulso de la generosidad y el altruismo: solo hay que crear el clima más propicio para que se manifieste y se exprese. Porque todos damos algo cada día, casi sin darnos cuenta.

Así pues, parece razonable, de sentido común, pedir y apoyar que se aprueben todas aquellas iniciativas legislativas que sirvan para incentivar la generosidad privada y la participación ciudadana; éstas no sólo favorecen la solución mancomunada de problemas, sino el desarrollo de una sociedad más solidaria, madura y cohesionada. Según un informe de la AEF sobre el perfil del donante en España, apenas el 15 % de la población es donante habitual de alguna entidad sin fin de lucro. Esta cifra está muy lejos de la de los países nórdicos donde el mecenazgo es practicado por el 40% de la población, o incluso de la media europea que se encuentra en el 25%.

Fomentar el micromecenazgo y la filantropía debe ser un propósito fundamental en las sociedades modernas: favorecen la cohesión social y estimulan la participación ciudadana. Además, muchos pequeños donativos dan mayor estabilidad a las entidades sin ánimo de lucro: en el caso de las fundaciones, la principal fuente de ingresos (85%) son los fondos privados. Por este motivo, la Asociación Española de Fundaciones considera que la reforma fiscal aprobada por el Gobierno en 2015, en lo concerniente al mecenazgo, ha sido un paso importante aunque no suficiente. Aún se puede y de debe hacer más para seguir avanzando en la misma dirección.

Recientemente un jurado independiente, compuesto personas de reconocido prestigio social y cultural, ha distinguido a Amancio Ortega con el Premio a la Iniciativa Filantrópica de la Asociación Española de Fundaciones, que anualmente se concede, junto a las categorías colaboración e innovación social, a las personas y entidades que mejor ejemplifican el buen cumplimiento de los fines de interés general.

La actividad filantrópica de Amancio Ortega ha sido incomprensiblemente cuestionada por algunos sectores. Comprobamos, con cierta tristeza, que la generosidad en nuestro país sigue suscitando sospecha: algunos piensan que “detrás” de una acción “filantrópica” ha de haber necesariamente algo oculto, poco confesable. No se dan razones y argumentos sino solo sospechas infundadas, cuando la respuesta a un gesto como este solo puede ser de agradecimiento. Es un ejemplo a seguir, ni más ni menos. Un ejemplo que da resultados tangibles, que puede y debe ser contagioso.

Tanto en el plano social como en el político, nos damos cuenta de que hay todavía mucho camino por recorrer. Pero el empeño merece la pena. Porque, como decía al principio, es evidente que necesitamos más filántropos, pequeños y grandes, gente comprometida y participativa. Y, para ello, no dejamos de pedir y reclamar al Estado, a los políticos, al gobierno decisiones y medidas que demuestren confianza en las organizaciones de la sociedad civil. Porque la filantropía es un arma cargada de futuro.

Javier Nadal Ariño es Presidente de la AEF

 

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