El Estado restablece la ley en Cataluña, pero debe negociar y pactar tras el 2-O

Los negocios, que parecían vivir al margen de la batalla, han empezado a inquietarse

El conflicto político desatado por el Gobierno de la Generalitat en los últimos años y que se ha intensificado con la convocatoria explícita de un referéndum ilegal para el primero de octubre y la burda aprobación parlamentaria de las normas que lo amparan ha estallado. El augurio de un choque de trenes se ha cumplido en cuanto el Estado, superando la pasividad practicada en la consulta del 9-N de 2014, ha puesto en marcha la maquinaria judicial y policial para hacer cumplir la Constitución y el Estatuto de Cataluña e impedir las iniciativas supuestamente legales que constituyen un acto de sedición como es una hipotética declaración de independencia, por muy barnizada que esté con un supuesto referéndum que solo reconocen quienes lo convocan. Esta semana el Estado se ha puesto serio y ha empezado a hacer esas cosas que “no queremos hacer”, siguiendo el aserto del presidente Rajoy, que ha reiterado infinidad de veces que “no habrá referéndum”. Siempre puede argumentarse que el Gobierno ha caído en la trampa tendida por los separatistas para añadir victimismo al cóctel del conflicto; pero en este caso se trata solo de hacer cumplir la ley e impedir atropellos democráticos propios de autocracias populistas e inaceptables en democracias avanzadas.

La incautación de las citaciones a los representantes de las mesas y de millones de papeletas, así como la detención de altos cargos organizadores del referéndum y la intervención de las cuentas de la Generalitat, es la mejor señal de que se han acabado las bromas. El in crescendo de esta semana no ha concluido, y el conflicto quemará etapas adicionales que desconocemos. Lo cierto es que los negocios, que parecían vivir al margen de la batalla, han empezado a inquietarse (ayer deuda y Bolsa sintieron el frío del miedo). Por el bien de la recuperación de la economía y del empleo y de la convivencia en Cataluña y en el resto de la nación convendría poner ya la vista en el 2 de octubre, descartar los partes de vencedores y derrotados y recomponer un diálogo que hasta ahora no ha existido salvo en los deseos de los bienintencionados. Nunca ha dejado de haber margen para el acuerdo; pero se precisa voluntad en Barcelona y Madrid.

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