Las dos caras de Brasil ponen en guardia a las empresas españolas

Brasil no puede poner en riesgo su efervescencia económica por una clase política inmoral

El presidente de Brasil, Michel Temer.
El presidente de Brasil, Michel Temer.

El gigante del cono sur latinoamericano tiene, como su moneda, dos caras: la efervescencia económica de un emergente superpoblado y la inestabilidad de una política en manos de instituciones y partidos envenenados por la corrupción. Brasil trata de recuperar el crecimiento tras dos años de intensa recesión, más de la mano de las expectativas generadas por el Gobierno de Michel Temer que de un avance real de la actividad. Pero la posibilidad cierta de que la participación del presidente en actos de obstrucción a la justicia se lo lleve por delante políticamente ha parado en seco el optimismo. Las empresas españolas presentes en Brasil (Santander, Telefónica, Mapfre o Abertis, entre otras) ya han sufrido en sus cotizaciones los efectos del parón, cuando tenían puestas todas sus esperanzas en la recuperación del país y en una notable mejora en sus cuentas de resultados.

El episodio de corrupción que salpica a Michel Temer provocó muy fuertes descensos en la Bolsa de Sao Paulo y una depreciación abultada en el real brasileño, además de paralizar la expectativa de control de la inflación y de la bajada de los tipos de interés. El temor de los inversores expresado en el castigo en los mercados es que una salida de Temer del Gobierno paralice todas las reformas anunciadas, en las que tenían los agentes económicos depositadas sus esperanzas, especialmente en la reforma laboral y del sistema de pensiones.

Que la clase política brasileña se desenvuelve en la corrupción parece evidente, pues ya le ha costado la cabeza a una presidenta, ha inhabilitado a un expresidente y amenaza con inhabilitar al actual. Partidos e instituciones deben sanear lo antes posible la vida pública para no impedir el avance de una de las economías más dinámicas del mundo, en la que le va una parte notable del futuro a muchas empresas españolas que apostaron por la modernización de Brasil desde hace ya décadas, y que han contribuido a ensanchar una clase media creciente, a la vez que reducir la pobreza a marchas forzadas. Un país que ha logrado despejar las dudas sobre su seguridad jurídica para la inversión extranjera no puede poner en riesgo su desarrollo por una intolerable inmoralidad política interna.

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