El oscuro fin de siglo parisino llega al Museo Guggenheim de Bilbao

El Guggenheim acoge 125 obras de Signac, Redon, Pissarro, Toulouse-Lautrec...

La muestra de la vanguardia francesa de finales del XIX se exhibe hasta el 17 de septiembre

Museo Guggenheim de Bilbao
'La fábrica de ladrillos Delafolie, en Éragny', de Camille Pissarro.

Si la segunda planta del Museo Guggenheim de Bilbao alberga una muestra de gran formato como es la del expresionismo abstracto, el piso superior acoge desde hoy una exposición de corte mucho más minimalista en cuanto a la dimensión de las obras expuestas. Hasta el 17 de septiembre se puede visitar la exposición París, fin de siglo. Signac, Redon, Toulouse-Lautrec y sus contemporáneos, un total de 125 obras entre pinturas al óleo y al pastel, dibujos, grabados y estampas de la vanguardia francesa de finales del siglo XIX, prestadas a la pinacoteca española por coleccionistas privados, en su mayoría de procedencia suiza. Una exposición que aborda la escena artística parisina centrándose en las vanguardias francesas más importantes de finales del siglo XIX, especialmente en el neoimpresionismo, el simbolismo y los nabis. Se trata de un periodo marcado por turbulencias políticas y transformaciones culturales, además de una crisis económica y diversos problemas sociales que animaron a la formación de grupos de izquierda radical, así como una ola reaccionaria que invadió Francia durante la década de 1890.

En este contexto se enmarca la exposición, que se distribuye en tres salas, diferenciadas por tonalidades. Arranca en la sala rosa pastel, dedicada al neoimpresionismo, donde da la bienvenida una obra de Monet, Nenúfares, de estilo impresionista pero fechada en una época más tardía, 1926; y continúa con una selección de piezas de algunos de los principales representantes de este movimiento, Maximiliano Luce, Seurat, Signac y Pissarro, quien previamente había militado en las filas del impresionismo. A todos ellos les une el uso de técnicas científicas sobre el color y la percepción para crear efectos ópticos en obras puntillistas. Además de la óptica del color, todos ellos compartían opiniones políticas y reflejaron en sus obras escenas, sin perder la armonía global, de la clase obrera, de los suburbios, las fábricas o el retorno a la vida en el campo, como se refleja en el cuadro de Pissarro Rebaño de ovejas.

En la segunda sala, en tono azul, reinan los representantes del simbolismo, que empezó como un movimiento literario y que acabó filtrándose a las artes visuales, aplicado a una variedad de artistas que compartieron las mismas metas antinaturalistas. Una de las figuras importantes fue Odilon Redon, en cuyas escalofriantes representaciones se encuentran cabezas flotantes e incorpóreas, insidiosas arañas, escenas desancladas de la realidad con significados enigmáticos y atrapadas en el silencio; características asociadas con este movimiento.

Por último, la estancia pintada en amarillo está reservada a los nabis (palabra que proviene del hebreo profeta) y la cultura del grabado en los años 1890, que renació en Francia a raíz de la exposición de estampas japonesas en la Escuela de Bellas Artes en 1890. Los responsables de este renacimiento son los nabis, junto con el artista Henri de Toulouse-Lautrec. Los artistas se sentían atraídos por la libertad que la técnica del grabado ofrecía al ser considerado como un arte popular y por lo tanto exento de las reglas académicas que gobernaban la pintura. Crearon numerosos carteles y porfolios por encargo de marchantes. Uno de sus máximos representantes, Toulouse-Lautrec, centró sus energías en el arte del cartel, en el que se caricaturizaba la vida bohemia en París.

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