Enólogo de Dom Pérignon

Vincent Chaperon: “El lujo era algo espiritual, hoy tiene que hacer soñar”

Trabaja desde 2005 con el vino espumoso más famoso del mundo

Antes desarrolló su carrera en Moët & Chandon

Vincent Chaperon, enólogo de Dom Pérignon
Vincent Chaperon, enólogo de Dom Pérignon

A pesar de que nació en la República del Congo (África) hace 41 años, país en el que su padre trabajaba como ingeniero agrónomo, Vincent Chaperon tiene sus raíces en la región vinícola de Pomerol (Francia). Un día su abuelo le llevó a una cata y se enamoró del sector.

¿Qué hace a Dom Pérignon diferente?

Es lo que me preguntó Ferran Adrià [la firma es patrocinador de El Bulli Foundation], y la verdad es que intentamos contestar, pero no hay respuesta. Quizá la búsqueda de la excelencia es siempre nuestra ambición. Definir a Dom Pérignon es difícil. El viñedo, el terroir, es importante, pero más es la visión, la manera de hacer vino... La visión se resume en tener ambición creativa, en la permanente búsqueda, en la dinámica de la investigación. Buscamos armonía para llegar a la emoción.

¿Cómo mantiene un icono, una marca reconocida mundialmente?

Ha de ser un icono vivo, eso es importante, porque realmente tiene unas raíces ricas, complejas. Hay una saga de la marca, pero esta sigue siendo moderna. Estamos constantemente reinventándonos. Es un proyecto abierto, de creación, de oportunidad para inventar un nuevo producto. En cada una de las añadas empezamos de nuevo.

¿Tiene cabida Dom Pérignon en este nuevo ordenamiento del lujo experiencial?

La definición del lujo ha cambiado, aunque para nosotros siempre ha estado dirigida hacia las personas, ya que les permite escaparse de la realidad. Antiguamente, el lujo era algo espiritual, y hoy tiene que hacer soñar. Nosotros nos inscribimos en esta definición del lujo. Hay una función estética, cultural, que permite escaparse. El vino contiene esos elementos inmateriales, el legado de la historia. Es memoria. Los grandes vinos tienen dos direcciones.

Los dos grandes mercados desde hace 20 años son Japón y EE UU, después de Francia, Reino Unido e Italia

¿A qué se refiere?

El vino tiene plasticidad, versatilidad, permite que se pueda vivir una experiencia. Tiene complejidad, permite disfrutar y apropiarse de su emoción. Es una experiencia abierta, y que cada uno defina cuál es su añada preferida. Con el vino se acumulan las experiencias.

¿Dom Pérignon es una marca aspiracional?

Invita a soñar, a ir más lejos, a encontrar a otra gente, a compartir con otras culturas. Es un vino versátil, que gusta a gente de EE UU, de Japón, de Reino Unido, de España.

¿Cuáles son sus principales mercados?

Los dos grandes mercados desde hace 20 años son Japón y Estados Unidos, después de Francia, Reino Unido e Italia. Son dos culturas muy diferentes por diversas razones. Por un lado, en Japón hay menos renta per cápita, pero existe una búsqueda permanente por la estética perfecta. Los japoneses sueñan con el vino perfecto. La gente ahorra dinero para comprar algún día Dom Pérignon. En Estados Unidos, la historia comenzó en 1936, con la comercialización de la añada de 1921, dentro de una crisis económica fuerte.

¿La crisis afectó al consumo de champán?

Sí, impactó, pero no tanto como a otros productos. El sector del lujo no ha sufrido tanto. En tiempos de crisis es cuando más se necesita soñar, más que en otro momento.

Usted habla de innovación, aunque la marca se basa en la tradición.

El patrimonio y la tradición son una fuerza, añadido al mito del fundador, pero debe estar en constante reinvención. Se utiliza ese patrimonio para seguir mejorando. No trabajamos sobre una receta técnica, sino sobre una visión de futuro. Es un concepto complejo, ya que cada contexto es diferente, porque cada año es diferente, las uvas son distintas, la climatología también, como también cambia el consumidor. Trabajamos para algo que continuará en el futuro.

¿Qué cree que aportan al sector?

Dinamismo, entendemos que la marca nos va a sobrevivir, por lo que hay que respetarla y entenderla. Estoy aprendiendo de ella y seguiré haciéndolo. Los enólogos de esta maison tenemos nuestras propias raíces y no debemos renunciar a ellas. Es bueno tener en cuenta de dónde venimos y saber qué es lo que vamos a añadir a la marca. Tenemos que seguir construyendo Dom Pérignon, siendo respetuosos con el pasado.

Pertenecen al grupo Moët & Chandon, a su vez de LVMH (Louis Vuitton Moët Hennessy); ¿tienen independencia o dependen de las decisiones de la casa madre?

Pertenecer a un gran grupo es una ventaja, además de que hay un respeto increíble hacia la historia y personalidad de la marca. Nos permite mantener recursos para seguir mejorando. Tenemos una gran libertad y recursos para decidir nuestros proyectos.

El listón debe estar alto para usted después de trabajar en Dom Pérignon.

Hace 16 años que trabajo en la región de Champagne; cuando llegué mi cabeza no estaba preparada para quedarme, pero mi proyecto personal pasa por hacer un gran vino, y no se hace en dos años ni en diez, sino que se requiere de mucho más tiempo. Mi objetivo es seguir en Dom Pérignon para contribuir a este gran proyecto, ayudar a innovar, a crear y a soñar. Es un plan de largo recorrido y ambicioso.

Ahora hay un boom del champán de pequeño productor, ¿es competencia?

El movimiento de los pequeños productores es un símbolo, un síntoma de una corriente más global, de una vuelta al terroir, a comunicar otro concepto del champán, que siempre se había bebido en celebraciones privadas y se había olvidado que se trata de un vino, que viene de un viñedo, de la sensibilidad de una tierra. Esto es lo que desarrollan los pequeños productores, que también han hecho que se cambie la forma en la que se toma el champán, utilizando copas anchas en vez de las típicas de flauta. Han contribuido a reconocer la complejidad de este vino, incluso con el cambio de las copas.

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