Contemplar la educación como una inversión a largo plazo

Aumentar el gasto no mejora por sí solo la calidad de la enseñanza, pero recortarlo tampoco ayuda

El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro. EFEArchivo
El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro. EFE/Archivo

Pese a que Cristóbal Montoro defendía la semana pasada que el gasto público previsto para el cuatrienio 2017-2020 – detallado en el Programa de Estabilidad que el Gobierno ha remitido a Bruselas–crecerá en las partidas sociales, el análisis en profundidad de esas cifras arroja un resultado diferente. Efectivamente, el gasto crece ligeramente en términos absolutos, pero se reduce cuando el cálculo se realiza en relación al PIB nominal previsto por el Gobierno para esos ejercicios. Según ese análisis, que es el que permite comparar con otros ejercicios y con otros países, el gasto público hasta 2020 se reducirá en diversas áreas sociales, especialmente en educación y en sanidad. En el primer caso, la caída llevará el presupuesto para la enseñanza a su nivel más bajo de los últimos 20 años.

El cumplimiento del objetivo de estabilidad pactado con Bruselas sigue siendo una prioridad indiscutible para España, de la cual depende, entre otras cosas, que el coste de financiación de la economía se mantenga en términos razonables. Ello obliga a seguir sacrificando y optimizando el gasto público, una experiencia dolorosa que ciudadanos y empresas españolas han vivido de forma directa en los últimos años. Pero una vez asumida esa premisa, se entra en el terreno de la prioridades y las decisiones políticas. Aumentar el gasto en educación no asegura por sí solo –y en España hay experiencia en este terreno– una mejora de la calidad de la enseñanza, pero recortar esa partida tampoco ayudará a alcanzar ese objetivo. Existen pocas dudas sobre el valor estratégico de la educación para el futuro de un país, por lo que es necesario abordar esta cuestión desde el punto de vista de la eficacia y la optimización del gasto, destinando recursos suficientes y administrándolos con eficiencia.

Al igual que ocurre en áreas como la de la investigación y el desarrollo, el gasto en educación debe plantearse como una inversión prioritaria, cuyo valor estratégico es fundamental en un mundo globalizado y altamente competitivo. Se trata de una carrera de fondo que exige superar miopías y coyunturas políticas y mirar directamente al futuro.

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