Editorial

Simplificando los impuestos

Sabido es que un buen sistema tributario debe ser eficiente, equitativo, flexible, transparente y sencillo. Solo si cumple al menos estas características obtendrá el saludable objetivo de estimular la producción y hacer que el país sea competitivo a nivel global, frente al error de castigarlo con una ineficiente asignación de los recursos que, por lo demás, suele llevar aparejada la injusticia. Pero hay una de estas condiciones que demasiado a menudo se pone a la cola en importancia, y eso cuando no se ningunea de manera irresponsable: la sencillez. Esa es la razón por la que destaca más el mensaje lanzado ayer por el director de la Agencia Tributaria, Santiago Menéndez, ante un numeroso auditorio de directivos en un foro sobre fiscalidad. “El impuesto sobre sociedades debería ser más sencillo”, dijo. De acuerdo; pues hágase. Y más si ese convencimiento se extiende a todas las figuras tributarias del sistema que gestiona Hacienda. Tal deseo para Sociedades responde además a una reiterada demanda de los empresarios, exacerbada por el decreto del pasado diciembre que, por sorpresa y apenas sin plazo, exigió que se imputasen en la base imponible deterioros de cartera ya deducidos en el pasado. Previsibilidad y estabilidad, ambas ignoradas en aquella medida, son también condiciones sine qua non de un buen sistema fiscal.

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