El Foco
El presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump, en su primer discurso en una sesión conjunta del Congreso en la Cámara de Representantes en Washington, DC , (Estados Unidos).
El presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump, en su primer discurso en una sesión conjunta del Congreso en la Cámara de Representantes en Washington, DC , (Estados Unidos). EFE

Se golpeó la cabeza: Trump, de empresario a presidente

Recibió más aplausos que ningún presidente en un siglo, con la excepción de Roosevelt

Donald Trump dio su primer discurso ante las dos Cámaras del Congreso norteamericano con un índice de aprobación de su gestión del 43,6% versus el 50,3% de desaprobación. El discurso de toma de posesión de Trump en las escaleras del Capitolio pasará a la historia por aburrido, en el mejor de los casos. Y, durante un mes, el presidente ha gobernado Norteamérica a la velocidad de la luz, firmando decretos veintidós horas al día, puesto que sigue dedicando dos horas a escribir tuits desde su cuenta personal de la red social. Todas las medidas adoptadas por Trump en tres semanas han estado orientadas a desmontar el edificio Obama en su totalidad. No esperaba sino más de lo mismo anoche, en este discurso tan relevante, en el que el presidente expone su hoja de ruta para todo el año e, incluso, todo su mandato.

Sin embargo, a pesar de estar despierto, hube de frotarme ojos y oídos para asegurarme de que el presidente que habló anoche era el mismo que habíamos conocido en los dos últimos años y hasta ayer: visto y leído el discurso varias veces, concluyo que -al menos anoche, ya veremos mañana, que cada día tiene su propio afán-, ante el Congreso, Trump pasó de ser empresario a convertirse en político. Conservador, ciertamente. Recibió más aplausos que ningún presidente en un siglo, con la excepción de FDR (Roosevelt), cuando expuso el New Deal que sacó a Estados Unidos de la Gran Depresión.

La primera gran sorpresa, para mí que soy naive, fue su constante apelación a trabajar con el Congreso. Parece obvio, puesto que todas sus muchas órdenes ejecutivas -inmigración, presupuesto, ejército, sanidad, seguridad nacional, etc- necesitan aprobación y desarrollo del poder legislativo. Aun cuando el Congreso es (muy) mayoritariamente republicano, como le sucedió al presidente Obama con los demócratas, los presidentes encuentran siempre muchas dificultades a la hora de llegar a acuerdos con senadores y congresistas. Entre muchos motivos, destaco dos: el “check and balances”, que establece la Constitución para evitar que “la República derive en tiranía” y la realidad de que los miembros del Congreso tienen su propia agenda e intereses, que no siempre coinciden con los del presidente. Por no hablar de la multitud de líderes republicanos, como John McCain, quien preferiría volver a la prisión en que le torturaron los vietnamitas durante cinco años, a llegar a un acuerdo con Trump, a quien no considera preparado para el cargo.

Pero Trump sigue siendo el mago que, continuamente, saca conejos de la chistera. Y llamó a la colaboración con el Congreso en muchas ocasiones. Al igual que apeló repetidamente a la colaboración de los demócratas con su Administración. Personalmente, con seis libros míos sobre el presidente Obama a mis espaldas, espero y deseo que estos congresistas demócratas se sientan hoy avergonzados por haberle puesto tantas veces palos en las ruedas a la presidencia de Barack Obama.

Tras frotarme los ojos, comprendí que Trump decía que “es llegado el tiempo de sacar adelante una ley de inmigración, siempre y cuando haya acuerdo entre los dos grandes partidos”. Horas antes de aparecer en el Capitolio, Trump dijo a docenas de periodistas en la Casa Blanca que no cumpliría su promesa de expulsar a los 11 millones de inmigrantes ilegales, sino solo aquellos que tuvieran delitos graves e, incluso, abrió la puerta, primero, a darles un estatus legal y, segu,ndo a otorgar la nacionalidad a jóvenes inmigrantes traídos de niños desde sus países de origen a Norteamérica. Gran sorpresa, que no impidió que el presidente prometiera construir el muro con México y convertir la inmigración ilegal en cuestión de seguridad nacional al prometer luchar contra las bandas armadas “en Chicago, Baltimore, Detroit…”.

Su presupuesto -resumo- incrementa muy sustancialmente el gasto en defensa, al tiempo que en la firma de contratos de compra de material bélico (aviones, barcos, etc) el presidente promete negociaciones para rebajar sustancialmente los precios. No habrá contrataciones en el sector público. Y los programas sociales (Seguridad Social, Medicaid y Medicare) se mantienen intactos. Fuerte rebaja de impuestos a empresas y familias. Hoy, suspendo el juicio sobre cómo va a conjugar esos elementos exitosamente. Espero a ver el presupuesto negro sobre blanco y, entonces, emitir un juicio informado.

Trump prometió cuestiones que Obama no pidió durante ocho años, aunque sí Hillary Clinton en campaña: que el cuidado de los niños sea accesible, fácil y barato. En sus propias palabras: “Mi administración quiere trabajar con ambos partidos para asegurar que los nuevos padres tengan baja remunerada por maternidad/paternidad, invertir en la salud de las mujeres y promover aire limpio y agua limpia y reconstruir nuestras infraestructuras y poder militar”. Insisto: Clinton pidió lo mismo en campaña electoral. Si el paquete de inversión en infraestructuras sale adelante para remozar puentes, carreteras, etc, será el más impresionante desde el que puso en marcha IKE (Eisenhower). Hoy, las carreteras en Los Ángeles o Nueva York no son seguras y hablo desde la experiencia directa.

Estados Unidos ya tiene el mejor ejército de la tierra. La partida más importante del presupuesto será defensa. Desde esta posición, a Trump le será más fácil negociar con países que no nombró (China, Rusia, Corea del Norte). Y el repliegue que promete de Oriente Medio generará ahorros: según el nobel de Economía Joseph Stiglitz -no sospechoso de ser pro Trump- Estados Unidos ha malgastado 6 trillones de dólares americanos en Oriente Medio desde 2002, sin resultados. Es casi un tercio del PIB americano.

El momento más emotivo del discurso fue cuando se dirigió a Carryn Owens, viuda de William Ryan Owens, Navy SEAL asesinado en Yemen: “El legado de Ryan resuena en la eternidad” le dijo. Republicanos y demócratas aplaudieron al presidente, honrando al militar muerto y a su viuda. No hay que olvidar que, antes que demócratas o republicanos, los norteamericanos son, mayoritariamente, patriotas.

Tras un discurso que, siendo Trump como es, podemos denominar como bipartidista, con comillas, ahora toca pasar del dicho al hecho y desarrollar, al menos, lo que une a todos.

Jorge Díaz Cardiel es socio de Advice Strategic Consultans. Biógrafo de Obama y autor de Hillary versus Trump.

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