Editorial

Fiscalidad nueva para el automóvil

El sector del automóvil es una extraordinaria fuente de ingresos para las arcas públicas. Sea directamente o por medio de los carburantes, el erario percibe ingentes ingresos de una actividad que está a la cabeza de ranking exportador, capitanea el sector industrial y la innovación, acelera el importante segmento de los componentes, y a la vez es uno de los grandes yacimientos de empleo en la economía nacional. Son motivos de sobra para afinar cualquier decisión administrativa que le afecte, y más si se trata de la fiscalidad. El mensaje de que esta “puede y debe ser renovada” para favorecer vehículos más innovadores, seguros y respetuosos con el medio ambiente, lanzado por el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, ha disparado las alertas. Si se trata de mejorar el respeto medioambiental, pocas opiniones habrá en contra, incluida la de unas empresas automovilísticas que han de comprometerse con ese objetivo en el que les va el futuro. Si quiere acertar, el Gobierno eliminará de una vez el impuesto de matriculación, esa arcaica singularidad, repudiada con toda lógica durante décadas por el sector, que además está adornada de exenciones, y aprovechará para modernizar el impuesto de circulación convirtiéndolo en un verdadero gravamen medioambiental, proporcional a la capacidad de contaminar, que además impulse el achatarramiento en un parque obsoleto.

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