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Contra el populismo, medidas impopulares

Grecia es un ejemplo para el resto de Europa de los límites de los partidos antisistema

Comida de Navidad para gente sin hogar en un gimnasio de Atenas (Grecia).
Comida de Navidad para gente sin hogar en un gimnasio de Atenas (Grecia).

Al igual que la democracia y la Guerra Fría, el populismo europeo posterior a la crisis financiera se originó en Grecia. El partido de izquierdas Syriza llegó al poder en enero de 2015 prometiendo desmantelar la élite, burlar a los acreedores europeos y restaurar la prosperidad mediante políticas radicalmente favorables a los trabajadores.

Sin embargo, menos de dos años después, Syriza se ha convertido en parte del problema. No ha logrado recuperar el empleo ni el crecimiento: la mitad de los jóvenes griegos siguen sin trabajo y se espera que el PIB se estabilice en 2016. El partido de centroderecha Nueva Democracia, al que Syriza quitó el poder, está más de 15 puntos porcentuales por encima en las encuestas. Se ha reinventado bajo el liderazgo de Kyriakos Mitsotakis como una alternativa prorreforma moderada. Si el primer ministro, Alexis Tsipras, celebra elecciones en 2017, probablemente las pierda.

Para los políticos liberales que se enfrentan a los radicales en otras partes de Europa, esta historia tiene un lado esperanzador. Sugiere que los partidos que hagan promesas que no puedan mantener sufrirán las consecuencias.

El populismo, que podría definirse como un movimiento que aprovecha una lucha entre las élites corruptas y la mayoría desfavorecida, está bien consolidado pero tiende a ser inestable. En América Latina, países como Argentina y Brasil que acogieron con los brazos abiertos a líderes populistas están volviendo ahora al centro.

La izquierda de Tsipras está 15 puntos por detrás del centroderecha en las encuestas

La pregunta es si este cambio ocurrirá también en Europa, y cómo de rápido. Francia, Alemania y Países Bajos, donde los partidos radicales antisistema están en ascenso, celebrarán elecciones generales en 2017.

Austria acaba de rechazar al candidato presidencial de la extrema derecha, en favor del verde proeuropeo. En Reino Unido, los populistas no llegaron al poder, pero obtuvieron lo que querían: el brexit. Su campaña incluyó una serie de promesas incumplibles de prosperidad económica, como la creación sin esfuerzo de acuerdos comerciales rápidos, libres y justos con países como China e India.

Los centristas británicos esperan que los votantes cambien de opinión a medida que se hunda la realidad económica. El ex primer ministro Tony Blair ha anunciado un nuevo movimiento que reuniría a votantes y políticos hartos de la polarización.

A los liberales no les vale con ser la opción menos mala. Para que un cambio hacia el centro sea sostenible, tienen que ser enérgicos, y a veces impopulares.

La canciller alemana, Angela Merkel, pretende conseguir un cuarto mandato, y es uno de los pocos ejemplos de líder europeo con una política centrista exitosa. Su rígida insistencia en que países como Grecia, Italia, España y Portugal se atengan a las normas de la UE ha reforzado su apoyo interno, pero ha creado resentimiento en el extranjero. Por el contrario, la decisión de Merkel de dar la bienvenida a los migrantes afectó a su valoración doméstica, pero la convirtió en estandarte de los valores europeos y humanitarios.

En Francia, el mensaje impopular está avanzando. El candidato presidencial del centroderecha Francois Fillon, favorito para vencer a Marine Le Pen, del ultraderechista Frente Nacional, en la carrera por reemplazar al impopular presidente François Hollande, es un conservador en lo social que defiende sin complejos el mercado libre.

Los esfuerzos de la primera ministra británica, Theresa May, por crear un sistema que funcione “para todos” parecen equivocados. Las promesas de frenar los excesos del capitalismo ya se han diluido, pero también las amenazas de estigmatizar la contratación de trabajadores extranjeros. Tratar de complacer a todos es la fórmula para hacer políticas difusas que no le funcionan a nadie.

El otro reto es la falta de sangre fresca. La gente ya conoce a Merkel, Mitsotakis, Fillon o Blair. Los votantes que sienten que no queda otra opción que volver al pasado perderán entusiasmo. Eso se refleja en la baja participación: en una elección reciente en una circunscripción británica solo votó el 54% del electorado. Casi tres de cada cuatro votantes de todo el país participaron en el referéndum sobre la permanencia en la UE.

El centro moderado ya sabe por tanto dónde tiene tareas pendientes, y 2017 será un año crucial. Al menos Grecia muestra signos de que el populismo tiene sus límites.

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