La nueva legislatura

La quiniela de Rajoy: Ortodoxia en economía, diálogo para la política

El territorio de los materiales intocables, en manos de los clásicos

Guindos es el preferido para Economía, y a su alrededor se moverían los hermanos Nadal, Báñez o Pablo Vázquez

Gobierno Rajoy
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en el hemiciclo durante el debate de investidura. REUTERS REUTERS

Mariano Rajoy hará esta semana su primera crisis de Gobierno desde que llegó a Moncloa la víspera de Nochebuena de 2011. Ha aguantado la composición de su Gabinete durante casi cinco años (los cuatro de rigor más 300 días en funciones), con las únicas correcciones puntuales que ha exigido el guión electoral (salida de Cañete primero y Alonso después) o los atropellos tangenciales de los casos de corrupción (Ana Mato o José Manual Soria). Pero ahora debe hacer una remodelación importante, aunque más por la exigencia de una legislatura mucho más política que la precedente que por su convicción.

El presidente mantendrá la mayor parte de los responsables de las áreas económicas, porque quiere preservar a toda costa la ortodoxia en las políticas que han dado la vuelta a la situación crítica que se encontró en 2011, y que le han proporcionado réditos electorales muy notables. Pero cambiará buena parte de las caras de los ministerios puramente políticos, aquellos en los que la línea del frente esté en el mismo Parlamento, en negociación cuasi continua con el resto de grupos parlamentarios ante la ausencia de una mayoría suficiente para gobernar en solitario. Rajoy sabe que su supervivencia esta legislatura depende del diálogo, y para ello precisa de ministros con talante muy dialogante, y que a su vez sean de su estrecha confianza.

La clave de bóveda seguirá siendo Luis de Guindos, sobre el que ha pivotado la dirección de la política económica general, la negociación con la Unión Europea y la resolución de la crisis bancaria con línea demasiado directa con el Banco de España. Guindos ha estado varias veces en la cuerda floja (la última cuando promovió a su amigo Soria para el FMI en plena negociación postelectoral); pero la posibilidad de reforzar sus atribuciones en el Gabinete le ha hecho reengancharse a la continuidad. Bien podría aglutinar también Hacienda, como en el primer Gobierno de Aznar, y ser vicepresidente. Eso sí: para ello, tiene que superar los obstáculos que supone la resistencia de Soraya Sáenz de Santamaría a dejar de ser vicetodo en exclusividad, y la falta de anclaje que tiene en el partido. Tal operación, además, desplazaría a Cristóbal Montoro, el ministro de Hacienda más longevo de la democracia, que aunque se ha metido en jardines arriesgados, ofrece un convincente saldo en su trabajo.

Hacienda debe ganar terreno para afrontar la reforma de la financiación autonómica, que en parte es tocar la crisis catalana, y tendría sentido que siguiese bajo su égida Administraciones Públicas, pues el control del déficit solo está encaminado, pero en absoluto resuelto. Bien podría Rajoy separar ambos ministerios para dar gran protagonismo político a Administraciones Públicas, y dejarla en manos de un talante pactista y menos viciado: Alfonso Alonso puede ser la persona que se haga cargo de tal cuestión. En caso de separación, en Hacienda podría recalar Álvaro Nadal, hasta ahora director de la Oficina Económica de Presidencia, y que siempre suspiró por el despacho de la calle Alcalá.

Su hermano Alberto Nadal podría ocupara Industria, vacante desde la salida de Soria, mientras que a Fomento podría regresar Catalá o Pablo Vázquez (presidente de Renfe) y en Agricultura repetirá García Tejerina. La ministra de Empleo, Fátima Báñez, quiere cambiar de despacho, pero Rajoy necesita una persona de su talante y conocimiento para capear el problemón de las pensiones. Sanidad tocará a alguien nuevo en el Consejo, quizás Javier Maroto.

 

Cospedal, Ayllón, Casado y Moragas

Rajoy recompensa bien los sacrificios de los suyos. Quiso colocar a María Dolores de Cospedal en la presidencia del Congreso, tras haber superado el choque con Bárcenas en el PP y quedar semidesplazada en la Secretaría General del partido; como encontró la resistencia de sus socios parlamentarios, será ministra. De Interior, donde se da por segura la salida de Fernández Díaz, o quizás de Empleo, donde empezó su carrera política con Javier Arenas, o de Educación. Rajoy no está dotado para las sorpresas y el núcleo duro de los ministerios políticos quedará en manos de los ideológicamente más flexibles y de talante dialogante para engrasar el contacto que necesita con Ciudadanos, PSOE, o PNV. Ahí también tratará de meter cuchara Sáenz de Santamaría, que controla todo el aparato político del Gobierno. Para tales ministerios (Educación, Interior, Justicia) en los círculos cercanos a Rajoy se manejan, junto a los nombres de sus titulares actuales, los de Pablo Casado, José Luis Ayllón o Jorge Moragas, que bien podría también ir a Exteriores si el actual titular, García-Margallo, sale del Gabinete o cambia de cartera.

Defensa deberá tener también otro titular, puesto que el actual, Pedro Morenés, quiere dejar el cargo.

El presidente podría correr el escalafón en el Congreso y en el propio partido, con un nuevo portavoz (Bermúdez de Castro) y un nuevo secretario general (suena Martinez Maillo), y que los relevados fuesen al Consejo de Ministros.

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