Editorial

El valor de fortalecer las exportaciones

El valor de fortalecer las exportaciones

Las exportaciones han sido la vacuna con que la economía española superó lo peores momentos de la crisis. La internacionalización de nuestra economía, una de las más abiertas entre los países más desarrollados, es un paracaídas de seguridad que una vez más ha demostrado su alto valor. La buena noticia es que ahora, cuando los buenos datos del consumo interior y de inversión han empezado a relevar al sector exterior como locomotora del crecimiento del PIB, las exportaciones no solo no han cedido, sino que mantienen una consistente fortaleza. Esa sostenibilidad es más significativa en estos momentos, en los que el comercio mundial ha empezado a dar claras señales de enfriamiento.

La ralentización de la economía china; el desplome de las emergentes, con Brasil en la primera fila; las estrecheces de los productores de petróleo por la caída del precio, y el estancamiento de la Unión Europea han tenido un fuerte efecto negativo sobre el comercio internacional. Según la Organización Mundial del Comercio (OMC), en la primera mitad del año las exportaciones mundiales cayeron un 5,16% respecto al mismo periodo de 2015, hasta 6,4 billones de euros, una cifra que representa el nivel más bajo desde 2011. Esta anemia comercial, más preocupante por cuanto los datos corresponden a 70 países, pero suman el 90% del PIB mundial, ha sido esquivada por muy pocas economías. Solamente cuatro países de los evaluados por la OMC han sorteado el dato negativo en la evolución de sus ventas al exterior: Alemania, Polonia, Suiza y España. Aunque entre los cuatro destaca España, con un aumento de las ventas del 2,3% en el primer semestre del año frente a igual periodo de 2015, mientras el gigante exportador alemán ocupa el segundo lugar con un 1,58%.

España se ha visto beneficiada de la endogamia comercial de la Unión Europea. Casi dos de cada tres euros exportados en la Unión tienen como destino otro socio europeo. Este aislamiento, nada fructífero cuando el resto de economías desarrolladas o las emergentes crecen con fuerza, se convierte en un manto protector en contextos económicos como el actual. La buena posición de España tiene, sin embargo, un elemento cuantitativo adicional de primer nivel. Se trata de la ganancia de competitividad lograda durante los largos años de la crisis, que se ve fundamentalmente en una moderación salarial que ha demostrado su eficacia de la mano de la reforma laboral. En esta línea, y según datos del INE conocidos la semana pasada, el coste laboral de las empresas ha mantenido una virtuosa línea de moderación el segundo trimestre, con una caída del 0,1% en cifra anual, hasta 2.589,085 euros por trabajador y mes. Aunque el coste salarial crece un 0,1%, los otros costes se reducen un 0,6%. En definitiva, con datos corregidos de efecto calendario y ajustados por estacionalidad, el coste laboral por trabajador no varía en el año, una muy buena noticia para la competitividad.

El mejor ejemplo de que este entorno favorece la actividad está en un sector eminentemente exportador: el automóvil. Las plantas españolas, todas en manos de grupos multinacionales, han hecho de la flexibilidad laboral y la moderación salarial una seña de identidad. Estas, unidas a la calidad de la producción y a la seguridad, refuerzan la pujanza del sector y le aseguran carga de trabajo al menos hasta 2020. Y ello hasta el punto de dejar escaso el objetivo de tres millones de coches para 2017 previsto por la patronal Anfac, que ya mira “más allá”, lo que convierte en realista la aspiración de alcanzar en un futuro no demasiado lejano los cuatro millones de vehículos al año, la gran mayoría destinados a la exportación.

La moderación salarial –que, conviene recordarlo, no significa rebaja de sueldos– ha sido un gran impulsor de las exportaciones al permitir ajustes de precios para ganar contratos en el exterior. Pero además, otro elemento diferencial ha impulsado las ventas fuera al presionar el precio a la baja: el desplome del precio del petróleo y su correspondiente ahorro de costes. Todo ello, unido a un IPC en tasas negativas los tres últimos años, ha formado un ecosistema aún más eficiente para exportar. España sale así inicialmente ilesa del enfriamiento del comercio mundial. Una situación no fácil de mantener, pero en la que es necesario poner todo el empeño.

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