El Foco

Entre la ejemplaridad y la no discrecionalidad

José Manuel Soria no tiene imputación ni se le acusa de delito alguno, pero subyace algo moral. El ser o haber sido alto cargo no significa idoneidad u honorabilidad

Entre la ejemplaridad y la no discrecionalidad

Tras la polvareda vendrá la calma o quizás el silencio. Algo patrio. Se grita, pero a la hora de la verdad, el vociferio es una mera distracción y en breve deja de ser noticiable. La mujer del césar además ha de parecerlo, dentro y fuera de las fiestas Bona Dea, cuando el general Publio Clodio se enamoró de la mujer de César, Pompeya Sila. Son las formas, son los hechos, son los silencios y la sospecha de maniobra lo que al final ha acabado emponzoñando la designación discrecional y no concurrencial o competitiva de verdad de un exministro que tuvo que dimitir, no por tener una o unas participaciones en sociedades en paraísos fiscales, sino por faltar a la verdad y no ser convincente a la hora de explicar la situación. No se le ha imputado nada en este aspecto. Pero sí un reproche, el de la ejemplaridad. Tal ha sido el ruido mediático y las parcas, contradictorias e infundadas justificaciones que el exministro ha terminado por renunciar al puesto. Nunca tuvo que haberse producido de esa forma. Hecho, el escándalo, mayúsculo. Carnaza política.

Desde hace varias décadas estos puestos en el directorio del Banco Mundial se reservan a determinados funcionarios, en este caso técnicos comerciales del Estado, adviértase lo de reservar, ¿quién lo hace y por qué y de qué manera se conserva esta tradición?, pues ¿solo son ellos los que reúnen cualificación, conocimiento, pericia, experiencia? Piensen ahora ustedes en los abogados del Estado en excedencia, eso sí, que copan puestos en la administración de sociedades cotizadas, en sus consejos como secretarios, aunque aquí nada hay de reserva, sí de fichaje. Mérito. Conocimiento, contactos, currículum. Nada que reprochar.

La alarma mediática y el corifeo político saltó primero por la forma y el momento. En un impasse de una votación de investidura negativa. ¿Se pretendía con ello distraer la atención del resultado y el posible cuestionamiento del candidato in péctore que perdía la votación y podía verse cuestionado –hipótesis esta endeble tal cual es la estructura ejecutiva y de toma de decisiones de su partido–? Y en segundo lugar, ¿por qué Soria, el ministro dimitido cuando solo semanas atrás otros dos ministros del Gobierno decían desconocer tales pretensiones a requerimiento de la prensa?

"Desde hace varias décadas estos puestos en el Banco Mundial se ‘reservan’ a determinados funcionarios"

Es el Ministerio de Economía el que propone, el que designa a un puesto en el que no es conditio sine qua non ser funcionario, pero sí lo recomendable y lo tradicional. Mas ese costumbrismo no es óbice para camuflar una libre designación en toda regla. En cierto sentido y escrupulosos con el lenguaje, se produce una suerte de cooptación entre el cuerpo de técnicos comerciales. Se elige, se designa a uno de ellos previa presentación de candidaturas o candidatura ante las vacantes o vacante que hubiere. Cuestión distinta es analizando, sopesando los candidatos o el peso de uno de ellos, los demás o no quieran concurrir o desistan viendo el currículum, la afiliación y un largo etcétera que todos podemos imaginarnos. Lo habitual hasta el presente es destinar a estos puestos a altos cargos de la Administración. Pero, ¿y la cualidad, la capacidad, el conocimiento, el currículum específico para ese ámbito de actuación? Una comisión de evaluación del ministerio, normalmente integrada por altos cargos de ese mismo ministerio, resuelven. Ahí se acaba el concurso. La luz y los taquígrafos son internos.

¿Concurso de méritos? Si lo hay, la verdad es que ha quedado bastante opacado. Intencionalidad política, mucha. Pago de servicios, quizás, quién lo sabe, qui lo sà? Si no hubiera sido ministro el nombrado director ejecutivo, ¿hubiere sido designado para tal puesto? Probablemente no. Esta es una cuestión de peso y de relieve en el escenario internacional al mandar a una persona de un perfil político alto. Lo que contrarresta la presentación de otros potenciales aspirantes. Dejemos al margen cuestiones de filiación o amistad política entre el personaje y quién responde en último caso del nombramiento.

"Ser alto cargo pesa más en la balanza que la profesionalidad, conocimiento, destreza, capacidad y cualificación”

El ser o haber sido alto cargo no significa idoneidad, tampoco honorabilidad, menos ejemplaridad. Se presupone. Y este es un país de demasiadas presunciones aunque no todas iure et de iure. También es país desmadejado y falto de memoria. El ser parte de un cuerpo, corporativismo, marca indefectiblemente, en muchos historiales, la trayectoria pública, pero también privada, de algunos funcionarios. Y el ser alto cargo pesa más en el lado de la balanza que el de la profesionalidad, conocimiento, destreza, capacidad y cualificación idónea. A ello únase algo que de soslayo no debería taparse, ¿está España mandando a esos puestos internacionales a los mejores, a los que no tienen ninguna tacha ni reproche, y que velan por los intereses de este país, la imagen del mismo y la dignidad de la institución en la que se integran? Baste ver las dos últimas décadas para que el veredicto no sea del todo positivo. Salvando algunos nombres, el resto ha dejado algo que desear. Incluidos organismos próximos al actual y su adlátere el FMI.

Ejemplaridad y honestidad debería, junto a la idoneidad de la persona y su perfil profesional, ser elementos clave en todo nombramiento donde también pesa la imagen entera de un país. El no ser cuestionado ni tener mácula alguna de tacha inmoral es un paso y un activo. Es cierto que el nombrado no tiene imputación de ningún tipo ni se le acusa de delito alguno, amén de prescripciones en todo caso. Pero subyace algo moral. Algo donde la ética política, cancerígena en nuestro comportamiento en este ruedo ibérico anémico en conciencia, debería empezar a imperar. Lamentablemente en demasiadas ocasiones gana el caciquismo, el servilismo, los servicios prestados, los silencios, las familiaridades y los pasivos, los debes que hay o existen. Se podrán tener méritos, pero han de ser incuestionables las tachas morales, éticas, profesionales. Hay que serlo y parecerlo, como Publio Clodio y Pompeya Sila. Y el procedimiento ha sido, lo parece, una libre designación, sin concurrencia. El amiguismo es como el clientelismo, una ceguera voluntaria, adanista, falta con la verdad y no meritocrática. No importa el mérito. Siempre ha sido así. Y ya oír explicaciones resulta sarcástico, penoso. Trampolines de ida y vuelta.

Abel Veiga Copo es profesor de Derecho Mercantil en Icade.

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