Editorial

Las familias vuelven a comer fuera

Tras los largos años de sequía de la crisis, los hogares españoles comienzan a levantar el pie del pedal de control del gasto. El año pasado, y por primera vez desde 2008, el gasto de las familias subió un 1,4% –un 2,2% si se elimina el efeco de los precios– lo que supone una media de 27.420 euros por hogar, según datos de la encuesta de presupuestos familiares familiares que elabora el INE.

El 30% de ese montante se dedicó a vivienda y suministros, seguida del gasto en alimentación y bebidas no alcohólicas (15%), el transporte (algo más del 11%) y la partida que ha experimentado un mayor repunte: el consumo en hoteles y restaurantes, que ha aumentado casi un 10%, hasta el punto de que no existe otro grupo de bienes que haya experimentado un repunte tan notable. El dato resulta relevante porque escenifica un retorno a unos hábitos de vida culturalmente arraigados en la sociedad española –el ocio fuera de casa– y que fueron severamente constreñidos por los recortes de gastos que impuso la recisión.

Pese a que hay tres epígrafes –vivienda y suministros, transporte y comunicaciones– en los cuales ha descendido el gasto, esa caída se explica por la rebaja de precios, una consecuencia más de los ajustes llevados a cabo durante los últimos años. Una vez analizado en términos constantes, la conclusión es que el gasto ha aumentado sin excepción en todos los tipos de bienes y servicios.

Más allá del análisis cualitativo, los datos del INE revelan que el presupuesto de los hogares españoles se ha reducido en los últimos ejercicios casi un 14%. Es el resultado lógico de una economía que ha sobrevivido bajo mínimos y que ha debido afrontar un drástico y doloroso proceso de devaluación interna de costes, precios y salarios. El resultado de esa dieta de adelgazamiento ha sido un mercado más competitivo, un claro aumento de la productividad que se ha reflejado especialmente en algunos sectores –es el caso de la industria del automóvil– y una recuperación del empleo, pero también una ciudadanía cuyo poder adquisitvo se ha reducido severamente.

Precisamente por ello, el repunte del consumo de las familias apunta a un proceso de recuperación que se ha ido capilarizando hasta llegar a los hogares. El regreso del consumo –y dentro de este, el aumento del gasto en ocio– constituye un signo de vitalidad y un motor importante para alimentar la demanda interna. Con ese horizonte, la mejora de la calidad del empleo y la progresiva recuperación de los salarios –especialmente en los sectores cuyo ritmo de crecimiento lo haga posible– están llamados a ejercer de combustible capaz de acelerar el ritmo de crecimiento de la economía española. Una hoja de ruta que requiere, como primer punto del día, un Gobierno decidido a aplicar la agenda de reformas que el país necesita.