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El dilema de los inversores bienintencionados

Singapur ha puesto a muchos inversores con ganas de hacer el bien en un aprieto al pedirles que no patrocinaran un evento en apoyo a lesbianas, gays, bisexuales y transexuales.

Vista de algunos rascacielos de la ciudad estado de Singapur.
Vista de algunos rascacielos de la ciudad estado de Singapur.

¿Cómo puede una compañía que valora la diversidad hacer negocios en Arabia Saudí? No es una pregunta trampa. La apertura del reino ha atraído a los banqueros de inversión en masa. Los grupos financieros pueden argumentar que la dirección de las reformas de Arabia Saudí es lo que cuenta, y no su lamentable historial actual en materia de derechos humanos. Singapur ha complicado las cosas.

La ciudad estado advirtió a las empresas extranjeras de que no fomentaran, apoyaran o influyeran en eventos como el Pink Dot, celebrado a principios de junio en apoyo a la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales. Es un desafío directo a Goldman Sachs, JP Morgan, Barclays y BP, que patrocinaron el acontecimiento y han apoyado abiertamente la igualdad de trato independientemente de factores como la orientación sexual.

La lógica de la ciudad –de que los extranjeros no deben entrometerse en los asuntos internos– es ridícula. Casi el 30% de la población de Singapur se compone de extranjeros que trabajan, estudian o viven allí de forma no permanente, las exportaciones equivalen a casi el doble del PIB y su sector de servicios financieros altamente globalizado proporciona el 13% de la producción nacional. Sin embargo, aunque la sociedad de Singapur es moderna y progresista, sus leyes no lo son.

Hay dos razones para no hacer frente a Singapur. En primer lugar, su riqueza hace que sea una gran fuente de ingresos. En segundo, las empresas pueden minimizar el cara a cara con el argumento de que patrocinan al organizador del evento, no el acto en sí. O pueden canalizar su patrocinio a través de filiales locales.

Pero si las empresas quieren demostrar que son una fuerza para el bien en su acercamiento hacia lugares socialmente represivos como Arabia Saudí o Irán, Singapur es el lugar en el que tomar una posición decisiva. Si expresan su opinión apoyarán la teoría de que pueden impulsar un cambio sutilmente y con el tiempo. Si se callan, sus afirmaciones de que ponen los valores por encima de los beneficios económicos sonarán huecas.