Editorial

Otro año baldío fiscalmente

La actualización del Programa de Estabilidad que el ministro de Economía presentó ayer en el Congreso incluye significativas modificaciones en las previsiones capitales de la economía. En primer lugar, se corrige la variable sobre la que pivota el resto, el crecimiento, con un recorte de tres décimas este año, hasta el 2,7% de avance, y más intenso en 2017, con una estimación del 2,4%. El correlato del empleo, el desempleo y el déficit a este recorte del crecimiento no es menos abultado, lo que deja la tasa de paro este año al borde del 20% (19,9%), y eleva el desequilibrio fiscal estimado hasta el 3,6% del PIB, casi un punto por encima de lo estimado en verano pasado, y que supone aplazar en un año la vuelta a tasas de déficit inferiores al 3% para poder abandonar la vigilancia europea de las cuentas públicas. Solo en 2017 el desequilibrio fiscal estará por debajo del umbral crítico, pero sin apenas holgura, con un saldo negativo del 2,9%.

Las modificaciones introducidas por el Gobierno han sido habladas con Bruselas, por mucha insistencia que haga el portavoz comunitario en que no se autorizará nada definitivo a ningún país hasta junio. El Gobierno de España, tan escrupuloso con su condición de “en funciones” para evitar decisiones delicadas, no toma ésta y la lleva al Parlamento sin contar con los parabienes de sus mayores, décima arriba, décima abajo. Implícitamente está en estos nuevos guarismos el ejercicio de generosidad que todos los partidos políticos demandaban para las finanzas públicas españolas, y que consistía en una relajación a cambio de nada en la consolidación fiscal comprometida.

El ministro de Hacienda en funciones, Cristóbal Montoro. ampliar foto
El ministro de Hacienda en funciones, Cristóbal Montoro. EFE

El ejercicio presentado por Guindos tiene tres justificaciones a partes iguales: ralentización del crecimiento mundial, desmedido optimismo del Gobierno en la elaboración de los Presupuestos y pérdida muy significativa de pulso de la actividad desde enero por la parálisis política, y que se ha reflejado en una caída vertical de los indicadores de confianza. El BCE, que es el último responsable de que los déficit y la deuda se financien, advirtió ayer que España no ha hecho nada extraordinario por controlar sus excesos presupuestarios en 2015. Y no le falta razón, a juzgar por la desviación de ocho décimas en el déficit del ejercicio, que tiene un perfume electoral impropio de gobernantes rigurosos. El Gobierno ha hecho borrón y cuenta nueva, ha corregido el tiro ahora con estas nuevas previsiones, que no son sino una enmienda a la totalidad a las cuentas aprobadas para 2016 y la ratificación de que 2015 ha sido un año baldío a efectos de control fiscal. ¿Lo será también 2016? Europa nos da una última oportunidad de controlar los gastos, y contamos con una base de crecimiento envidiable, pero hay que cerrar ya la crisis política y hacerlo en el sentido que más garantía proporcione al crecimiento, el empleo y los ingresos públicos.