Editorial

Fondos para la inversión a largo plazo

Uno de los profundos cambios que ha ocasionado la crisis financiera en la economía afecta directamente a la inversión de los particulares, especialmente en aquellos países en los que el comportamiento era más tradicional. La práctica generalizada de tipos de interés planos, o incluso negativos, ha puesto cada vez más cara para los ahorradores tradicionales la captura de rentabilidades por las que mereciese la pena movilizar el ahorro. Aunque aún no hay remuneración negativa en los depósitos tradicionales, al menos en España, el coste de las comisiones bancarias (un instrumento cada vez más utilizado para cebar la cuenta de resultados de los bancos) hace imposible disponer de rentabilidades positivas netas reales, pese a los niveles tan bajos de inflación en Europa.

La industria de los fondos, que ha capturado tradicionalmente los grandes volúmenes de liquidez de los particulares a través de las redes bancarias, tiene también cada vez más complicado ofrecer retornos sustanciales a sus clientes, pese a haber reducido el cobro de comisiones a los particulares. Por ello está ensayando fórmulas alternativas de gestión y de construcción de estrategias para los clientes, más ancladas en el largo plazo que en las rentabilidades rápidas en las que el riesgo puede jugar en contra.

La gestión automatizada, que gana espacio en el mercado, únicamente pretende ofrecer a cada inversor un producto que se identifique con su perfil de riesgo, buscándole una cartera adecuada para sus pretensiones en el medio y largo plazo. En este tipo de operativa, las gestores incluyen una buena parte de títulos de deuda o de participaciones en otros fondos especializados en bonos públicos o corporativos, así como carteras equilibradas pensadas en el largo plazo. Supone también en buena medida cambiar la estrategia activa tradicional de los fondos, que es obligada en parte por los cambios en los paradigmas de inversión. Lógicamente, persiste la posibilidad de contratar fondos más arriesgados para lograr rentabilidades mayores, pero el inversor debe conocer que está asumiendo niveles de riesgo superiores, y seguramente comisiones más elevadas.

A fin de cuentas, los gestores de los fondos, como el que gestiona su propio ahorro, tienen que acostumbrarse a un entorno bien diferente al existente hasta hace una década, en el que los tipos de interés nominales permitían obtener rentabilidades apreciables con riesgos muy limitados, y con el único contratiempo de la inflación. Quien elija el camino de los fondos, de la gestión ajena, debe tener siempre en cuenta que la composición de la cartera sea equilibrada y formada por sociedades que trabajen en negocios estables, con poca deuda y que tengan un historial de dividendos prolongado. Y, en la medida de lo posible, que las comisiones estén ligadas a la consecución de determinados objetivos.