Editorial

Sánchez debe mirar también al otro lado

Dialogar es asumir el riesgo de ser incluso convencido”. Esa apreciación del candidato socialista Pedro Sánchez, sometido desde ayer a la investidura como presidente del Gobierno, es la condición imprescindible para que las elecciones del 20 de diciembre alumbren un Ejecutivo para los próximos cuatro años, desbloqueen el impasse en el que se encuentra la política española por los alambicados resultados de las urnas, y proporcionen confianza a los agentes económicos para que la recuperación económica que tan bien se ha comportado en 2014 y 2015 eche una raíz suficiente y profunda.
El gran mérito de Sánchez está en atreverse a poner en marcha el reloj para que la crisis política se resuelva, en marcar una fecha en la que si la conversación no es suficiente para lograr un pacto, al menos haya unas nuevas elecciones que pongan a cada uno en su sitio. El esfuerzo del candidato socialista, tras un ejercicio de diálogo que no parece haber dado los frutos esperados a juzgar por su continua apelación a un respaldo con el que no parece contar, se ha centrado en partes del espectro parlamentario, a su inmediata derecha y a su izquierda.
Deliberadamente, Pedro Sánchez ha planteado su propuesta de Gobierno como una enmienda a la totalidad a los cuatro años de administración de Mariano Rajoy, aunque le ha tendido la mano para aquellas cuestiones en las que parlamentariamente es imprescindible el partido más votado. Y deliberadamente ha hablado de Gobierno de cambio intentando agrupar a todo lo que no sea Partido Popular, con el consiguiente sesgo hacia la izquierda de sus propuestas, pese a que estaban en buena parte maniatadas por un pacto cerrado con Ciudadanos.

Los planes verbales de Sánchez respetan las columnas vertebrales de una economía abierta e integrada en Europa, con pleno cumplimiento, tras mediar negociación, con los compromisos de estabilidad presupuestaria adquiridos con Bruselas. Pero se hace complicado mantener tales postulados sin correcciones muy serias de los impuestos -nadie puede fiar todo el aumento de los ingresos públicos a la lucha contra el fraude- si se quiere atender toda la relación de ofrecimientos de tinte explícitamente social hechas ayer, que precisan de un incremento del gasto público nada desdeñable y que Sánchez agitó con profusión en su hora y media de discurso.
Con el ancla echada en el pacto con Albert Rivera, Pedro Sánchez estiró hasta lo imposible cada una de las medidas pactadas con Ciudadanos, hasta el punto de torturar muchas de ellas, fundamentalmente las de carácter laboral en cuya materia insiste en la derogación de la última reforma de Rajoy. Y todo para buscar una complicidad mil veces negada de Podemos, y pese a admitir desde la tribuna el candidato socialista que la suma de los votos y escaños de la izquierda no da fuerza suficiente para hacer el Gobierno que algunos no paran de añorar. La solución a este tremendo sudoku parlamentario y político tal vez esté mirando también hacia el otro lado. No solo porque la suma de escaños de la izquierda no sale, sino porque solo lo haría pactando directa o indirectamente con los independentistas catalanes, y porque dentro del aliado al que con tanta ironía cortejó ayer desde la tribuna, dentro de Podemos, hay una intención no oculta de desmontar el andamiaje constitucional del país en muchos aspectos. Algo a lo que el PSOE no debería prestarse en modo alguno.

Buscar una reforma constitucional como la aludida ayer, con más o menos profundidad del concepto federal, exige el concurso del Partido Popular. Buscar la unidad de España y la igualdad de todos los españoles no puede hacerse orillando la opción política más votada. Y buscar estirar al máximo las posibilidades de crecimiento económico, medie o no un cambio de modelo en el que seguro que están de acuerdo el PSOE, Ciudadanos y Partido Popular, precisa respetar lo bueno que se ha hecho en los últimos cuatro años y que reconocen, por encima de todo, quienes financian los excesos de España y quienes han empezado a ver que la recuperación es real y se traduce en empleo. Ese es el pacto que desde aquí defendemos desde hace dos meses largos. Un pacto que ha sido bueno para Alemania, para Austria o para Holanda.