Editorial

Un motor que es urgente alimentar

La demanda interna en España ha dejado atrás el largo invierno de la crisis y se ha convertido en el principal motor de la recuperación tomando el testigo de manos del sector exterior. Tanto el gasto de los hogares como la inversión empresarial supusieron ya casi el 80% del PIB en 2015, un ejercicio que ha culminado con un crecimiento del 3,2% respecto al año anterior, lo que supone la tasa más elevada desde 2007. Esa velocidad de crucero coloca a España a la cabeza de las grandes economías europeas, incluso por delante de Reino Unido, único rival capaz de arrebatarnos la primera posición en la carrera de la recuperación.

Los datos de la contabilidad nacional, publicados por el INE, confirman dos tendencias en la evolución de la economía española que se han ido perfilando en los últimos trimestres. La primera es el posicionamiento del consumo interno como principal combustible para alimentar el crecimiento, mientras que la segunda muestra un cambio en la clásica correlación entre el avance del PIB y el empleo, que está permitiendo crear puestos de trabajo con incrementos de actividad menores de lo previsto. La explicación de este cambio está en los efectos beneficiosos de la reforma laboral, que ya en 2014 permitió crear 400.000 empleos con un crecimiento del 1,4%.

La gran pregunta ahora es si el despegue económico se mantendrá con vigor durante este ejercicio 2016, que ha comenzado ensombrecido por la incapacidad de las fuerzas políticas de pactar la formación de un Gobierno a partir de los fragmentados resultados de las urnas. Todas los organismos internacionales otorgan a España horquillas de crecimiento generosas durante este año y el próximo, pero como toda previsión, esos cálculos puede verse alterados por riesgos y desequilibrios capaces de desestabilizar la frágil maquinaria económica del país.

Respecto a estos últimos, los datos de la contabilidad nacional revelan un estancamiento en el control de los costes laborales unitarios, cuya reducción ha sido uno de los grandes factores que han permitido a la economía española aumentar su competitividad. A ello hay que sumar que el gasto público ha vuelto a asomar la cabeza, alimentado por un año de elecciones, tras el ejemplar ejercicio de austeridad realizado en los últimos años para cumplir con los objetivos de consolidación fiscal.

Junto a estos riesgos económicos, la gran amenaza que puede truncar las previsiones de crecimiento es una prolongación de la situación de inestabilidad política en que se halla inmerso nuestro país. España debe aspirar a contar con un Ejecutivo capaz de conservar lo alcanzado hasta ahora y al tiempo impulsar las reformas que necesarias para consolidar y mantener el crecimiento. Es una tarea urgente que no debe ni puede demorarse más.