Editorial

Luces y sombras para la banca en 2016

Ningún libro en la universidad nos enseñó cómo se hace negocio en banca con los tipos al 0%”. Esta reflexión, de un relevante banquero nacional, ilustra de manera perfecta el laberinto en el que se encuentra el negocio financiero español, que afronta un año especialmente delicado. De hecho, un somero análisis de las presentaciones de resultados de las entidades que han ido goteando en las últimas dos semanas ya delatan que sus gestores se preparan para ese escenario. La principal característica de los datos anunciados es la prudencia –al margen de un par de excepciones– plasmada en una auténtica oleada de dotaciones, tanto obligadas como claramente voluntarias. La recapitalización de Sareb, las coberturas por el futuro de las cláusulas suelo, o las provisiones por empresas en dificultades o con durísimos castigos bursátiles han estado muy presentes en la elaboración final de las cuentas.
Prudencia derivada, pues, de un situación de tipos históricamente bajos. Pero no solo. Este nuevo paradigma se produce en un momento en el que el negocio bancario, como tantos y tantos otros, está sufriendo una radical transformación derivada de la eclosión de las nuevas tecnologías. Los hábitos, las necesidades, las herramientas y las exigencias que esgrimen los clientes han virado rudamente y la banca está ante la necesidad imperiosa de corregir el rumbo. De ahí, la batalla –real y marketiniana– que han iniciado para lograr el liderazgo en el ámbito de las nuevas tecnologías aplicadas al negocio bancario. Una revolución que también está cambiando la manera de acceder al cliente y los recursos para hacerlo. Todo parece indicar que el número de oficinas continuará reduciéndose, así como el tamaño de las plantillas de las entidades financieras. En una reciente entrevista en CincoDías, el responsable de banca de Comisiones Obreras, Juan José Giner, manejaba un ajuste laboral que podría rondar las 20.000 personas este año. Una reducción que vinculaba al proceso de fusiones, que es otro de los elementos clave con el que los directivos del sector trabajan con el fin de ahormar la nueva estructura del mapa bancario español.

En efecto, los mensajes sobre la necesidad de emprender un nuevo proceso de concentración se han multiplicado en los últimos meses. Muy significativamente por parte del Banco de España, tanto en palabras del gobernador como del subgobernador. Con insistencia. Analistas, expertos y directivos tienen sobre la mesa las más variadas y variopintas quinielas. Prácticamente todas giran en torno al futuro de las entidades de tamaño mediano, además de Bankia y el siempre anhelado Banco Popular. No obstante, la opinión generalizada en el mercado es que el proceso de concentración aún no está maduro, ni mucho menos. Entre otras cosas, por la incertidumbre que emana de la actual situación política, con un Gobierno en funciones y un futuro imprevisible respecto a la formación del próximo Ejecutivo, elecciones anticipadas incluidas. Ese vacío invita a que cualquier solución de calado se congele, puesto que las distintas formaciones políticas tienen propuestas muy diversas respecto a la configuración futura del sistema financiero español.

Esa indefinición política también sobrevuela en torno a otro de los elementos clave de la evolución del negocio financiero: la consolidación de la recuperación. La economía española cerró el año pasado con un ritmo de crecimiento claramente superior al 3% y con unos evidentes síntomas de reanimación del crédito nuevo. Esos vientos favorables también parecen haber acompañado el inicio del año en curso, pero ya hay voces que alertan de que la incertidumbre política puede estar empezando a transmitirse al día a día de los negocios. Bruselas ha sido contundente al respecto e indicadores como el índice de confianza también reflejan esa tesis. En definitiva, la banca española –como el conjunto de la internacional– afronta un ejercicio muy complejo, pero a la vez repleto de oportunidades. Tanto para las entidades que gozan de un mayor músculo –entre las que sin duda está la élite de las españolas–, como para los inversores particulares que tengan dos cualidades: un asesoramiento profesional y una buena dosis de paciencia.