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Reino Unido opta por el punto medio

Reino Unido ha encontrado una solución a su problema de conducta bancaria: mantenerse en el punto medio. Andrew Bailey, actualmente director ejecutivo del organismo que supervisa el capital bancario, fue nombrado el 26 de enero nuevo jefe de la Autoridad de Conducta Financiera (FCA, por sus siglas en inglés), que supervisa el comportamiento del sector. Es una respuesta pragmática a un problema espinoso.

La FCA se enfrenta actualmente a dos cuestiones. La menor de ellas es que el predecesor de Bailey, Martin Wheatley, tenía una relación hostil con los bancos cuya conducta regulaba. Él mismo confesó “disparar primero y preguntar después”, lo que le hizo aparecer poco objetivo. El mayor problema es que la chapucera reunión informativa sobre los ajustes para la supervisión de los seguros –fuertemente reprendida por un informe independiente de Clifford Chance– hizo que la FCA pareciera incompetente.

Bailey ofrece una solución razonable para ambos casos. Bajo su mandato en la Autoridad de Regulación Prudencial se las arregló para despertar la confianza general de los bancos como alguien que les representaría así como alguien que los atacaría. Salió a pelear por los prestamistas británicos contra los mal concebidos límites a los bonus bancarios en Europa. Al mismo tiempo, el nombramiento de Bailey no debe significar que todo sea un camino de rosas para los bancos –algo tranquilizador dada la reducción en el cerco a las entidades tras la elección de un gobierno conservador–.

Bailey haría bien en alejarse de las multas de estilo estadounidense a los bancos, que parecen más un gesto de grandilocuencia que contra los delitos. También podría utilizar la plataforma para avanzar en sus propias ideas. Por ejemplo, no le gusta la sin consumidores. Reino Unido podría haberse acercado más hacia la selección de alguien con el perfil de un nuevo zar de la conducta, pero también podría haberlo hecho mucho peor.