El Foco

Hasta aquí

Con el término bienestar me refiero a todas las cosas buenas para una persona, que hacen que la vida sea buena. El bienestar incluye el bienestar material, tal como el ingreso y la riqueza; el bienestar físico y psicológico, representado por la salud y la felicidad, y la educación y la capacidad de participar en la sociedad civil a través de la democracia y el imperio de la ley”.

La reflexión del último Nobel de Economía, Angus Deaton (El gran escape, 2015, su más reciente libro en español), seguramente coincide con las ilusiones que desde antiguo atesoramos muchos seres humanos, o con nuestros deseos cuando repasamos las bondades que le hemos pedido al año que inicia su andadura o a los Reyes Magos o, vaya usted a saber, a los políticos que, después de prometernos todo/nada, deben ponerse a la tarea, dialogar, pactar, formar Gobierno, si pueden, y regir nuestros destinos en los próximos cuatro años. Sus desvaríos y sus silencios están llenos de huecos porque se han comprometido a todo y a mucho más, aunque probablemente ni se acuerden cuando llegue el momento, ocupados como están en que sus partidos (y algunos de sus líderes) no parezcan los malos de la película, en trazar líneas rojas que no se creen ni ellos mismos y, eso sí, en hacer teatro, mucho teatro, amagar y no dar, defraudar a sus votantes y alcanzar acuerdos comprensibles/incomprensibles en los minutos de descuento, cuando los que mandan de verdad les envían un postrer ultimátum.

“Tenemos ahora una clase superior global que toma todas las grandes decisiones económicas y lo hace con total independencia de los Parlamentos y, con mayor motivo, de la voluntad de los votantes de cualquier país dado”, escribió en 1999 el filósofo neoyorquino Richard Rorty. Una afirmación que, años más tarde, el sociólogo Zigmunt Bauman hizo suya con escepticismo y desesperanza cuando dejó escrito que el poder no lo controlan los políticos y la política carece de poder para cambiar nada.

Muchos dirigentes políticos o empresariales, da igual su clase y condición, se han dejado atrapar por el poder y las vanidades del cargo, del que deberían ser transparentes servidores. El poder por el poder es su mantra cotidiano y han olvidado que ocupan sus puestos para gestionar la enorme fuerza transformadora que, en su propia esencia, encierran la empresa y la política. Y mienten, entre otras razones, porque están acostumbrados a mentir de forma reiterada y sistemática y a transformar los hechos en retórica. Negar la verdad o mentir es siempre –cuando menos– una falta de respeto, pero así es la condición humana. Koyré dejo escrito que el hombre ha mentido siempre, “se ha engañado a sí mismo y a los otros. Ha mentido por placer, por el placer de ejercer la sorprendente facultad de decir lo que no es y crear, gracias a sus palabras, un mundo del que es su único responsable y autor”.

Cuando hace mas de 70 años, Orwell escribía que “decir la verdad es un acto revolucionario”, probablemente estaba pensando –visionariamente– en esta época nueva que nos ha tocado vivir, llena de paradojas y contradicciones. Un tiempo en el que la sociedad se ha vuelto líquida y en la que los humanos, confundiendo progreso con velocidad, buscamos atajos desesperadamente y nos aferramos a un egoísta estilo de vida que nos ha hecho perder humanidad y sumergirnos en la corrupción y en la desigualdad, dejando a un lado la utopía y olvidando el supremo valor de nuestra propia existencia.

Por ejemplo, aunque en el discurso social, y desde hace algunos años, el término empresa haya sido canibalizado casi exclusivamente por la gran empresa, por la multinacional, todas las empresas –si quieren seguir siendo tales en el futuro– tienen en la gestión responsable de su llamado capital humano la clave para conseguir la excelencia y no tanto el éxito, siempre pasajero. El empleador ha de entender que su personal es único, inimitable y, si está bien formado, un valor diferenciador frente a la competencia. Fomentar el orgullo de pertenencia, el compromiso y la retención del talento debería ser una prioridad. La empresas necesitan líderes que vayan más allá de las jerarquías, que estén comprometidos, que sean fiables, creíbles y motivadores, cómplices y orientados hacia los demás, que escuchen, que dialoguen y sepan dar respuestas a las legítimas demandas de los ciudadanos. Que no busquen culpables, sino que sean capaces de gestionar equipos de personas con distintas habilidades. Que sepan garantizar la igualdad de oportunidades y la diversidad, y consagren el todavía incipiente proceso evolutivo de la conciliación desde un enfoque familiar hacia un cada vez más necesario equilibrio entre la vida personal/familiar y la profesional.

La excelencia empresarial será una quimera, un imposible, si no ordenamos la formación y el desarrollo personal y profesional de los trabajadores, si no luchamos decididamente contra el subempleo y el trabajo indigno, porque la primera obligación del empresario –además de dar resultados, crear empleo, ser innovador y competitivo– es ser decente.

Hoy no padecemos solo la crisis del sistema capitalista, sino –como decía Sábato– de toda una concepción del mundo y de la vida basada en la deificación de la técnica y la explotación del hombre. Por eso los políticos nunca cumplen sus promesas electorales. Al fin y al cabo, se trataba solo de promesas que ningún partido/Gobierno es capaz de conseguir, porque esto del bienestar desde el siglo XVIII lo recogen sin demasiado éxito y como principio inspirador todas las constituciones del mundo. El articulo 13 de la española de 1812 lo incluyó expresamente –que hermosa quimera– como obligación: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”.

Y a la exigencia del bienestar hay que volver, y a la recuperación de los valores éticos y espirituales de nuestros orígenes que hemos abandonado por el camino, y a la educación, la fuerza espiritual que debe liderar el cambio huyendo de privilegios y ofreciendo igualdad de oportunidades, “porque a fin de cuentas, lo que hay es ignorancia de la ignorancia y manos ocupadas en lavarse las manos”, como escribió la Nobel Wistawa Szymborska en su último y hermoso poemario Hasta aquí.

Juan José Almagro es Doctor en Ciencias del Trabajo y abogado