Editorial

Un año que arranca entre turbulencias

Los mercados han comenzado el año con turbulencias. Los grandes parqués europeos acusaron ayer con caídas que llegaron a superar el 4%, en el caso de Alemania, los desplomes de las Bolsas de China, pese a haber sido aminorados estos por la aplicación, por primera vez en la historia, del mecanismo del cierre prematuro contra la excesiva la volatilidad. En España, tras un final de año con pérdidas del 7%, el Ibex 35 caía un 2,42% en un entorno escasamente halagüeño, al menos a corto plazo. Al selectivo español le cercan tanto los riesgos externos como las tormentas internas. Si mira hacia afuera, afronta los temores globales a los efectos de una desaceleración económica en China; si lo hace hacia dentro, se topa con la situación política de Cataluña y con las dudas sobre la formación de nuevo Gobierno central tras las elecciones generales. Ambos factores dibujan una incertidumbre que dificulta que los inversores afronten el inicio de año con alegría en las compras.

Las turbulencias asiáticas no son la única amenaza común para las economías mundiales. Las divergencias en las políticas aplicadas por los distintos bancos centrales, los precios de las materias primas, la inestabilidad geopolítica –en este momento focalizada en Oriente Medio–, las consecuencias de esos desequilibrios sobre el precio del crudo y la propia fragilidad de la recuperación en algunas regiones dibujan un frío panorama. Es cierto que los analistas auguran que 2016 será un ejercicio de ganancias en el Ibex, pero también lo es que el año no arrancaba tan mal desde 1997. El factor común que tiró a la baja de los parqués europeos y de Wall Street es el temor a las consecuencias que pueda tener la desaceleración de la economía china, sumada al cambio de modelo económico que lleva a cabo Pekín. Una transformación que apuesta por apoyar el crecimiento del gigante en consumo interno en detrimento de las exportaciones. A ello se sumaban ayer los efectos de las nuevas normas bursátiles chinas que, en algunos casos, llegarán a dificultar las ventas.

La preocupación por la escalada de tensiones que se vive en Oriente Medio va en aumento y puede desencadenar una tormenta de consecuencias imprevisibles. La ruptura de relaciones entre los Gobiernos saudí e iraní y el sudoku de fuerzas y alianzas que el conflicto amenaza con provocar supone un problema no solo político, sino también económico. Si el precio del crudo se ha convertido en elemento clave en el mapa económico del año que acabamos de terminar, los acontecimientos que vive ahora la región del Golfo hacen prever que el petróleo seguirá siendo foco de inestabilidad para las economías y los mercados globales. Si a ello le sumamos las turbulencias asiáticas, el resultado es un escenario altamente volátil cuya evolución es complicado calcular.

Pese a todo, la gigantesca transformación de modelo económico que está afrontando Pekín podría, si se realiza de forma exitosa, convertirse en un importante factor de estabilidad mundial. Como todo proceso de cambio, habrá que pasar por las turbulencias que traiga consigo, más aún en un mundo globalizado que no puede levantar compuertas frente a los movimientos comerciales y económicos.

Aunque los riesgos externos son difíciles de predecir y más de neutralizar, no ocurre lo mismo –al menos, no siempre– con los internos, cuya cercanía puede facilitar la adopción de medidas que mitiguen sus efectos. En el caso del selectivo español, los dos grandes focos de incertidumbre son la formación de Gobierno tras las elecciones generales y las tensiones crecientes por el conflicto soberanista catalán que, a salvo de acuerdos in extremis, hacen probable la repetición de los comicios en la región. La imagen que este panorama de inestabilidad arroja sobre España en estos momentos no suscita confianza ni favorece la inversión. Precisamente por ello, resulta urgente dar los pasos necesarios para despejar ambas dudas y para poner en marcha los proyectos legislativos y económicos que nuestro país tiene pendientes. El primero de ellos pasa por afrontar, de una vez por todas, un cambio de modelo productivo que convierta a España en una economía sólida y capaz de resistir las crisis cíclicas que, tarde o temprano, se abaten sobre el mapa mundial.