Editorial

Tras el 20D, el sosiego para los inversores

El riesgo político para la inversión en España ha desaparecido”. “La preocupación que tenía hace unos meses el primer gestor de BlackRock cuando vino a España por el ascenso de Podemos ya no existe”. “Esto solo puede estropearlo Pablo Iglesias”. Estas tres frases expresadas a lo largo de una dilatada conversación con analistas de los mercados financieros que trabajan cada día la renta fija y la variable, esta semana en Madrid, revelan el cambio del estado de ánimo de los inversores frente a la situación de la política. Si hace un año las encuestas encumbraban a las opciones políticas más radicales y populistas e impregnaban de incertidumbre y de cautela a las decisiones de inversión de los grandes fondos e incluso de los particulares, hoy el riesgo se ha diluido ante la certeza, a expensas de los resultados del día 20 de diciembre, de que el nuevo Gobierno mantendrá las políticas económicas y las reformas. Es más: el mundo del dinero considera que la existencia de una coalición de Gobierno en la que pudiera estar el talante liberal de Ciudadanos, que podría ser bisagra de una puerta que abra hacia los dos lados, es la mejor garantía de que las reformas se harían con la profundidad necesaria como para asegurar el crecimiento.

Al igual que los gestores empresariales consultados por EY en su último sondeo sobre las expectativas de la economía en el mundo aseguraban que está a la espera del resultado electoral una explosión de inversión extranjera en España, los analistas financieros ratifican que la llegada de dinero a los mercados dará alas a la Bolsa y a la deuda en los próximos trimestres. Y lo hará hasta cerrar los diferenciales que tiene con los mercados vecinos, y que en ningún caso están justificados por los fundamentales de una economía que registra el crecimiento más generoso de los grandes países de la zona euro y que mayor cantidad de empleo genera.

Todas las previsiones de avance de los índices o avances de las cotizaciones de las compañías deben estar sometidas a cierta cautela, porque la globalización de la economía genera movimientos imprevistos que no respetan los fundamentos de una economía o una empresa y pueden cercenar sus posibilidades de revalorización. Algo así ha pasado en 2015: revalorizaciones esperadas del entorno del 12% para el Ibex se han visto truncadas por la contracción bancaria, la crisis de los emergentes, sobre todo de Brasil, y la propia incertidumbre política.

Pero desaparecida la niebla política, que persistirá parcialmente con la deriva del soberanismo catalán, el dinero apreciará las verdaderas posibilidades de unas empresas que comienzan a recuperar niveles de ventas y de beneficios previos a la crisis. Ya lo han hecho muchas de ellas, como demuestra la evolución en Bolsa de pequeñas y medianas corporaciones, que parecen caminar ajenas al mundo e incluso al ruido político doméstico. Hay un buen número de otras compañías fuera del radar de las manos fuertes del mercado porque siguen presas del pesimismo de la crisis, pero que la evolución de la economía irá devolviendo poco a poco el atractivo del pasado, aunque no sea con el mismo nivel de brillo. En todos estos casos, así como en la renta variable con carácter general, la situación de los tipos de interés en tasas tan desconocidamente bajas sigue ayudando a desviar dinero hacia ellas, buscando retornos que tradicionalmente se lograban en los mercados monetarios y de deuda.

La renta fija, con un recorrido aparentemente muy limitado tras los descensos de tipos de los activos en los últimos trimestres, también tiene su sitio en las carteras, aunque los analistas recomiendan incluir algo más de riesgo con bonos de alto riesgo de carácter empresarial. Aun así, la deuda española tiene margen de mejora, pues la prima de riesgo, en condiciones normales, tenderá a reducirse, y el propio nivel de la inflación proporciona por pasiva una rentabilidad que no se debe despreciar para quien busca seguridad plena en su inversión.

Pero esta pequeña explosión de la inversión en España, que puede acelerar el avance de los índices de forma súbita, solo será sostenible si de verdad los administradores de la economía tras las elecciones se comprometen con lo que ahora solo es un anhelo: mantener el ritmo reformador de carácter liberal y el rigor en las cuentas públicas.

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