Tribuna

La eficiencia del interés negativo

Muchos aseguran que se obtendrían grandes beneficios si los billetes y monedas dejan de existir. Afirman que, por un lado, se reduciría sensiblemente el fraude así como el número de operaciones delictivas, que no es poco, además de poder aumentar la cantidad recaudada en los impuestos. Por el otro, se evitarían los costes de impresión y distribución asociados a los billetes y monedas. Adicionalmente, en muchas ocasiones, se agilizarían las transacciones, minimizando las colas y retrasos que llegan a producirse en diversos escenarios de la vida cotidiana.

Pero Andrew Haldane, economista jefe en el Banco de Inglaterra, recientemente ha expuesto otro argumento a favor de la desaparición del efectivo físico: se allanaría el camino para poder aplicar eficientemente una estrategia de tasas de interés negativo, cuando sea necesario. Obviamente, no se refiere únicamente a la tasa negativa en el mercado de bonos, por ejemplo, algo que ha ocurrido recientemente con la deuda soberana de algunos países.

Para situarnos en contexto, durante la última crisis financiera, varios bancos centrales de distintos países han reducido su tipo de interés, dejándolo casi a cero, con la esperanza de una mejora en determinados indicadores económicos. No obstante, a muchos responsables económicos les inquieta que nuevamente se produzca una recaída sin que les haya dado tiempo para poner la casa en orden. Si una nueva crisis aflora, el banquero tiene que echar mano de las herramientas de que dispone y, desde luego, la tasa de interés es uno de los instrumentos más potentes que figuran en su arsenal de política monetaria. La realidad es que ahora esa opción está prácticamente agotada. Por supuesto, quedan más posibilidades, como seguir apostando por medidas menos convencionales, como la expansión cuantitativa (quantitive easing) o la orientación de expectativas (forward guidance), por citar algunas acciones llevadas a cabo recientemente.

Pero si por desgracia se registra otro embate de la crisis, el recurso de penetrar en el tramo negativo de las tasas de interés facilitaría el acceso al crédito y el aumento de la inversión productiva (aunque puede tener otros efectos perversos, como inducir a un excesivo endeudamiento o la producción de una burbuja). Pero volviendo a la reflexión de Haldane, esa estrategia de aplicar intereses negativos se topa con un importante escollo que se interpone para poder desplegar su potencial teórico: el asustado ciudadano reaccionaría y retiraría sus ahorros del banco; los guardaría debajo de su almohada, en forma de billetes, con tal de intentar preservar el valor (o quizá en oro o plata). En esas circunstancias, según Haldane, sustituir la totalidad del efectivo convencional en circulación por el dinero electrónico, ya sea en forma de tarjetas o apps en los móviles, minimizaría este inconveniente y se podría continuar bajando los tipos. Eso sí, muchos pagarían por sus ahorros y contemplarían cómo menguan sus recursos de forma inefable. Como contrapartida, la situación económica del país podría mejorar en un horizonte más lejano.

Aunque no es una tendencia ni mucho menos generalizada, la disminución de dinero convencional sí que se está produciendo en algunos países, como Suecia y Dinamarca, por ejemplo. Según el semanario The Economist, en Suecia había 10.700 coronas en circulación por cada habitante en el año 2005, mientras que esta cifra se redujo a 8.000 coronas en el 2014.

Pero algunos también podrían pensar en el confort de una almohada virtual: el ahorrador podría lanzarse a comprar bitcoins y otras criptomonedas. En este aspecto, Haldane también se pronuncia, y reconoce las ventajas e incertidumbres de este dinero alternativo, alaba la tecnología de bitcoin, basada en el innovador blockchain, que contiene la historia de cada transacción realizada, e incluso acaricia la idea de una posible “criptomoneda oficial” que pudiera utilizar una tecnología similar.

En donde sí que se frotarán las manos si las tasas de intereses devienen negativas es en la Isla de Man. Allí se está generando un potente clúster de tecnología bitcoin, con más de 25 compañías startups dedicadas a este asunto y con un Gobierno local que promueve algunas iniciativas para respaldar esta tecnología.

En cualquier caso, la idea de un interés negativo tiene ya muchos años, pero continúa el debate de cómo se podría aplicar de una manera más eficiente.

Xavier Alcober  es Ingeniero consultor.

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